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«Sospecha», Tami Hoag

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Kovac preferГ­a el antro provisional que les habГ­an asignado durante la reforma, una sala sucia y destartalada con mesas destartaladas y policГ­as destartalados que sufrГ­an migraГ±as a causa de los crueles fluorescentes. Toda la secciГіn de Homicidios se hacinaba en una sola habitaciГіn, Atracos a medio pasillo y la mitad de los polis de Delitos Sexuales en un trastero. Menudo ambientazo.

– ¿Qué hay del asalto a Nixon?

La voz que pronunciГі aquellas palabras hizo que Kovac se detuviera en seco como si lo hubieran agarrado por el cuello de la camisa. MasticГі con mГЎs fuerza el chicle de nicotina mientras Liska seguГ­a caminando.

Nuevas oficinas, nuevo teniente, nuevo coГ±azo. La oficina del teniente de Homicidios tenГ­a una puerta giratoria de estilo figurativo. Era un alto en el camino para todo jefe trepa que se preciara. Al menos el nuevo, Leonard, les permitГ­a trabajar de nuevo por parejas, a diferencia del anterior, que los torturaba con no se sabГ­a quГ© mierda de trabajo en equipo y horarios rotatorios que no les dejaban dormir mГЎs de un par de horas seguidas.

Por supuesto, ello no significaba que no fuera un cabrГіn.

– Veremos -repuso Kovac-. Elwood acaba de traer a un tío que le parece sospechoso del asesinato de Truman.

Leonard se ruborizГі intensamente. PoseГ­a la clase de tez que se ruborizaba con extrema facilidad, ademГЎs del cabello casi blanco y muy corto que le cubrГ­a el crГЎneo como pelusa de pato.

– ¿Qué narices hace trabajando en el caso Truman? ¿Cuándo fue eso? ¿Hace una semana? Pero si desde entonces está metido hasta las cejas en asaltos.

En aquel instante, Liska retrocediГі hasta ellos con su mejor cara de policГ­a.

– Creemos que ese tipo puede estar implicado tanto en el Nixon como en el Truman, Lou. Me parece que Nación Aria quiere empezar a llamar el caso Los Presidentes Muertos.

Kovac lanzГі una carcajada a medio camino entre ladrido y resoplido.

– Como si esos capullos fueran capaces de reconocer a un presidente aunque lo tuvieran delante de las narices.

Liska alzГі la mirada hacia Г©l.

– Elwood lo tiene en la habitación de invitados. Más vale que vayamos antes de que esto se salga de madre.

Leonard retrocediГі un paso con el ceГ±o fruncido. CarecГ­a de labios, y sus orejas sobresalГ­an perpendiculares al crГЎneo como las de un chimpancГ©. Kovac lo llamaba el Mono de LatГіn. En aquel instante ponГ­a cara de que la resoluciГіn de un asesinato fuera a estropearle el dГ­a.

– No se preocupe -lo tranquilizó-. Hay asaltos para dar y vender.

Le dio la espalda antes de que Leonard pudiera reaccionar y se dirigiГі a la sala de interrogatorios con Liska.

– ¿Así que ese tipo estuvo implicado en lo de Nixon?

– Ni idea, pero a Leonard le ha gustado.

– Atontado -masculló Kovac-. Habría que sacarlo de su despacho y enseñarle lo que pone en la puerta. Pone «Homicidios», ¿no?

– Que yo sepa sí.

– Lo único que le interesa es resolver asaltos.

– Los asaltos de hoy son los homicidios de mañana.

– Eso quedaría genial en un tatuaje. Y se me ocurre el sitio perfecto donde podría ponérselo.

– Pero necesitarías un casco de minero para leerlo. Te regalaré uno por Navidad; eso te dará una razón para seguir adelante.

Liska abrió la puerta y entró precedida de Kovac en la sala de interrogatorios, que no era más espaciosa que un armario, la típica estancia que los arquitectos califican de «íntima». De acuerdo con las últimas teorías sobre el modo de interrogar a la escoria, la mesa era pequeña y redonda, sin una zona preferente. Todos los que se sentaban alrededor de ella eran iguales. Colegas. Confidentes. Pero no había nadie sentado a ella.

Elwood Knutson estaba de pie en el rincГіn mГЎs cercano, con aspecto de oso de Disney con sombrero hongo de fieltro negro. Jamal Jackson ocupaba el rincГіn opuesto, junto a la inГєtil y vacГ­a librerГ­a empotrada y bajo la videocГЎmara instalada en la pared, tal como requerГ­a la ley de Minnesota, para demostrar que los policГ­as no arrancaban confesiones a los sospechosos a base de palizas. La actitud que exhibГ­a Jackson le quedaba tan mal como la ropa que vestГ­a. Llevaba unos vaqueros de la talla de Elwood que le pendГ­an flojos del culo escuГЎlido y un enorme y abultado anorak de plumГіn con los colores negro y rojo de NaciГіn Aria. TenГ­a el labio inferior mГЎs grueso que una manguera y en ese instante adelantado en un mohГ­n.

– Oye, tío, todo esto es una parida. Yo no me he cargado a nadie -aseguró a Kovac.

El detective arqueГі las cejas.

– ¿Ah, no? Vaya, pues debe de tratarse de un error. -Se volvió hacia Elwood con las manos extendidas-. ¿No decías que era nuestro hombre, Elwood? Dice que no ha sido él.

– Debo de haberme equivocado -repuso Elwood-. Le ruego que me disculpe, señor Jackson.

– Haremos que te lleven a casa en un coche patrulla -ofreció Kovac-. Podemos decirles que anuncien por el megáfono a tu hermandad que no teníamos intención de detenerte, que ha sido un error.

Jackson se lo quedГі mirando mientras movГ­a el labio arriba y abajo.

– Podemos decirles que anuncien específicamente que sabemos que no tuviste nada que ver en el asesinato de Deon Truman. Así todo el mundo tendrá claro por qué te trajimos a comisaría. No nos gustaría que por culpa nuestra circularan rumores desagradables sobre ti.

– ¡A tomar por el culo, tío! -gritó Jackson con voz estridente-. ¿Es que pretende que me maten?


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