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«Las Garras Del ГЃguila», Simon Scarrow

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Libro III de Quinto Licinio Cato

 

TraducciГіn de Montse Batista

TГ­tulo original: When the Eagle Hunts

Para Joseph y Nicholas:

Gracias por la inspiradora demostraciГіn del manejo de la espada.

 

ORGANIZACIГ“N DE UNA LEGIГ“N ROMANA

La segunda legiГіn, al igual que todas las legiones Romanas, constaba de unos cinco mil quinientos hombres. La unidad bГЎsica era la centuria de ochenta hombres dirigida por un centuriГіn, auxiliado por un optio, segundo al mando. La centuria se dividГ­a en secciones de ocho hombres que compartГ­an un cuarto en los barracones, o una tienda si estaban en campaГ±a. Seis centurias componГ­an una cohorte, y diez cohortes, una legiГіn; la primera cohorte era doble. A cada legiГіn la acompaГ±aba una unidad de caballerГ­a de ciento veinte hombres, repartida en cuatro escuadrones, que hacГ­an las funciones de exploradores o mensajeros. En orden descendente, Г©stos eran los rangos principales:

El legado era un hombre de ascendencia aristocrГЎtica. SolГ­a tener unos treinta aГ±os y dirigГ­a la legiГіn durante un mГЎximo de cinco aГ±os. Su propГіsito era hacerse un buen nombre a fin de mejorar su posterior carrera polГ­tica.

El prefecto` del campamento era un veterano de edad avanzada que habГ­a sido centuriГіn jefe de la legiГіn y se encontraba en la cГєspide de la carrera militar. Era una persona experta e Г­ntegra y a Г©l pasaba el mando de la legiГіn cuando el legado se ausentaba o quedaba fuera de combate.

 

Seis tribunos ejercГ­an de oficiales de Estado Mayor. Eran hombres jГіvenes de unos veinte aГ±os que servГ­an por primera vez en el ejГ©rcito para adquirir experiencia en el ГЎmbito administrativo, antes de asumir el cargo de oficial subalterno en la administraciГіn civil. El tribuno superior, en cambio, estaba destinado a altos cargos polГ­ticos y al posible mando de una legiГіn.

Sesenta centuriones se encargaban de la disciplina e instrucciГіn de la legiГіn. Eran celosamente escogidos por su capacidad de mando y por su buena disposiciГіn para luchar hasta la muerte. No es de extraГ±ar, asГ­, que el Г­ndice de bajas entre Г©stos superara con mucho el de otros puestos. El centuriГіn de mayor categorГ­a dirigГ­a la primera centuria de la primera cohorte, y solГ­a ser una persona respetada y laureada.

Los cuatro decuriones de la legiГіn tenГ­an bajo su mando a los escuadrones de caballerГ­a y aspiraban a ascender a comandantes de las unidades auxiliares de caballerГ­a.

A cada centuriГіn le ayudaba un optio, que desempeГ±aba la funciГіn de ordenanza con servicios de mando menores.

Los optios aspiraban a ocupar una vacante en el cargo de centuriГіn.

Por debajo de los optios estaban los legionarios, hombres que se habГ­an alistado para un perГ­odo de veinticinco aГ±os. En principio, sГіlo se reclutaban ciudadanos Romanos, pero, cada vez mГЎs, se aceptaba a hombres de otras poblaciones, a los que se les otorgaba la ciudadanГ­a Romana al unirse a las legiones.

Los integrantes de las cohortes auxiliares eran de una categorГ­a inferior a la de los legionarios. ProcedГ­an de otras provincias Romanas y aportaban al Imperio la caballerГ­a, la infanterГ­a ligera y otras tГ©cnicas especializadas. Se les concedГ­a la ciudadanГ­a Romana una vez cumplidos veinticinco aГ±os de servicio.

CAPГЌTULO I

El convulso tumulto del barco quedГі paralizado un instante por un difuso relampagueo. A su alrededor, el espumoso embate del mar se apaciguГі mientras las bien delineadas sombras de los marineros y de las jarcias surcaban la brillantemente iluminada cubierta del trirreme. Luego la luz se desgajГі y la oscuridad se apoderГі una vez mГЎs de la embarcaciГіn. Unas bajas nubes negras flotaban en el cielo y, provenientes del norte, se deslizaban sobre el gris oleaje. TodavГ­a no habГ­a caГ­do la noche, aunque los aterrorizados miembros de la tripulaciГіn y del pasaje tenГ­an la sensaciГіn de que ya hacГ­a mucho que el sol habГ­a abandonado el mundo. SГіlo la dГ©bil mancha en un tono mГЎs claro de gris a lo lejos, al oeste, seГ±alaba su paso. El convoy se habГ­a dispersado completamente y el prefecto al mando de la escuadra de trirremes, reciГ©n puesta en el servicio activo, soltГі una maldiciГіn, enojado. Con una mano firmemente agarrada a un estay, el prefecto utilizГі la otra mano para protegerse los ojos de las heladas salpicaduras mientras escudriГ±aba las efervescentes crestas de las olas que los rodeaban.

Гєnicamente eran visibles dos barcos de su escuadra, unas oscuras siluetas que se alzaban ante la vista mientras que su buque insignia se elevaba en lo alto de una enorme ola. Las dos embarcaciones se encontraban a una gran distancia hacia el este y tras ellas irГ­a el resto del convoy, diseminado en el ocГ©ano embravecido. AГєn podrГ­an llegar a la entrada del canal que conducГ­a tierra adentro hasta Rutupiae. Pero para el buque insignia no habГ­a esperanzas de alcanzar la gran base de abastecimiento que equipaba y alimentaba al ejГ©rcito Romano. MГЎs al interior las legiones se hallaban emplazadas sin peligro en sus cuarteles de invierno de Camuloduno, a la espera de la renovaciГіn de la campaГ±a de conquista de Britania. A pesar de los enormes esfuerzos de los hombres que estaban a los remos, la embarcaciГіn era arrastrada lejos de Rutupiae.

Al mirar por encima del oleaje hacia la oscura lГ­nea de la costa britana, el prefecto admitiГі con amargura que la tormenta lo habГ­a vencido y pasГі la orden de que se subieran los remos. Mientras Г©l consideraba sus opciones la tripulaciГіn se apresurГі a izar una pequeГ±a vela triangular en la proa para ayudar a estabilizar el barco. Desde que se habГ­a emprendido la invasiГіn el verano anterior, el prefecto habГ­a atravesado aquel tramo de mar montones de veces, pero nunca en tan terribles condiciones. A decir verdad, nunca habГ­a visto cambiar el tiempo con tanta rapidez. Aquella maГ±ana, que tan lejana parecГ­a entonces, el cielo estaba despejado y un fresco viento del sur prometГ­a una pronta travesГ­a desde Gesoriaco. Normalmente ningГєn barco se hacГ­a a la mar en invierno, pero el ejГ©rcito del general Plautio andaba escaso de provisiones. La estrategia del jefe Britano, Carataco, de arrasar todo lo que podГ­a serle Гєtil al enemigo significaba que las legiones dependГ­an de un constante suministro de grano del continente que les permitiera pasar el invierno sin reducir las reservas necesarias para continuar la campaГ±a en primavera. AsГ­ pues, los convoyes habГ­an seguido cruzando el canal siempre que el tiempo lo permitГ­a. Aquella maГ±ana la pГ©rfida naturaleza habГ­a engaГ±ado al prefecto y le habГ­a hecho dar la orden a sus embarcaciones cargadas de provisiones de zarpar rumbo a Noviomago sin imaginarse que la tormenta iba a sorprenderlos.

Cuando habГ­a empezado a divisarse la costa de Britania por encima de la picada superficie del mar, una oscura franja de nubes se habГ­a concentrado a lo largo del horizonte septentrional. RГЎpidamente la brisa se hizo mГЎs fuerte y cambiГі de direcciГіn de forma brusca, y los hombres de la escuadra observaron con creciente horror cГіmo los negros nubarrones se abalanzaban sobre ellos como voraces bestias espumosas. La borrasca atacГі de forma repentina y atroz al trirreme del prefecto, que iba a la cabeza del convoy. El viento ululante azotГі la manga de la embarcaciГіn y la inclinГі tanto que los miembros de la tripulaciГіn se habГ­an visto obligados a abandonar sus funciones y a asirse allГ­ donde pudieron para evitar ser arrojados por la borda. Mientras el trirreme se enderezaba pesadamente el prefecto echГі un vistazo al resto del convoy. Algunos de los transportes de fondo plano habГ­an volcado por completo y cerca de los oscuros bultos de sus cascos unas diminutas figuras cabeceaban en el espumoso ocГ©ano. Algunas de ellas agitaban los brazos de forma patГ©tica, como si en realidad creyeran que las demГЎs embarcaciones aГєn eran capaces de ir a rescatarlos. La formaciГіn del convoy habГ­a quedado ya totalmente deshecha y cada uno de los barcos luchaba por sobrevivir, sin tener en cuenta la difГ­cil situaciГіn de todos los demГЎs.

Con el viento llegГі la lluvia. Unos gГ©lidos goterones que, como cuchillos, caГ­an diagonalmente sobre el trirreme y azotaban la piel de los hombres con su impacto. El frГ­o entumecГ­a los huesos y pronto hizo que los marineros se volvieran lentos y torpes en su trabajo. Acurrucado bajo su capa impermeable, el prefecto comprendiГі que, a menos que la tormenta amainara pronto, el capitГЎn y sus hombres seguramente perderГ­an el control de la embarcaciГіn. Y a su alrededor el mar rugГ­a y desperdigaba los barcos en todas direcciones. Por uno de esos caprichos de la naturaleza los tres trirremes que encabezaban el convoy sufrieron lo mГЎs violento de la tempestad, que rГЎpidamente los alejГі de los demГЎs; el trirreme del prefecto fue el que quedГі mГЎs aislado. Desde entonces la tormenta habГ­a bramado durante toda la tarde y no daba seГ±ales de que fuera a remitir con la caГ­da de la noche.


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