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«El Origen Perdido», Matilde Asensi

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Cualquier tecnologГ­a suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

ARTHUR C. CLARKE

 

I

El problema que yo apenas vislumbraba aquella tarde mientras permanecГ­a de pie, inmГіvil entre el polvo, las sombras y los olores de aquel viejo y cerrado edificio, era que ser un urbanГ­cola progresista, escГ©ptico y tecnolГіgicamente desarrollado de principios del siglo XXI me incapacitaba para tomar en consideraciГіn cualquier cosa que quedara fuera del ГЎmbito de los cinco sentidos. En aquel momento, la vida, para un hacker como yo, sГіlo era un complejo sistema de algoritmos escritos en un lenguaje de programaciГіn para el cual no existГ­an manuales. Es decir, que, aquella tarde, yo era de los que creГ­an que vivir era aprender cada dГ­a a manejar tu propio e inestable programa de ordenador sin posibilidad de asistir a cursillos previos ni tiempo para pruebas y ensayos. La vida era lo que era y, ademГЎs, muy corta, asГ­ que la mГ­a consistГ­a en mantenerme permanentemente ocupado, sin pensar en nada que no tuviera que ver con lo que llevaba a cabo en cada momento, sobre todo si, como entonces, lo que estaba haciendo era, entre otras cosas, un delito penado por la ley.

Recuerdo que me detuve un segundo para contemplar con extraГ±eza los ajados detalles de aquel platГі que, en un tiempo para mГ­ muy lejano (veinte o, quizГЎ, treinta aГ±os), habГ­a resplandecido y vibrado con las luces de los focos y la mГєsica de las orquestas en directo. AГєn no habГ­an transcurrido por completo las Гєltimas horas de aquel dГ­a de finales de mayo y ya no podГ­a verse el sol por detrГЎs de los contrafuertes de los antiguos estudios de televisiГіn de Miramar, en Barcelona, que, aunque clausurados y abandonados, gracias a mis amigos y a mГ­ estaban a punto de servir de nuevo al que fuera su propГіsito original. MirГЎndolos desde dentro, como hacГ­a yo, y escuchando el eco de las famosas voces que siempre los habitarГ­an, parecГ­a imposible pensar que en pocos meses fueran a convertirse en otro hotel mГЎs para turistas de lujo.

A mi lado, Proxi y Jabba se afanaban montando el equipo sobre una veterana tribuna de madera despintada hasta la que llegaba con dificultad el resplandor de las farolas de la calle. Los pantalones de Proxi, negros y ceГ±idos, apenas le cubrГ­an los tobillos y esos huesecillos afilados, esas aristas, lanzaban sombras descomunales sobre sus piernas, largas y llenas de ondulaciones, gracias a las linternas de neГіn que descansaban sobre la tarima. Jabba, uno de los mejores ingenieros de Ker-Central, conectaba la cГЎmara al ordenador portГЎtil y al amplificador de seГ±al con habilidad y rapidez; a pesar de ser tan grande, grueso y gelatinoso, Jabba pertenecГ­a a esa raza de tipos inteligentes, acostumbrados al contacto del aire y del sol, que, a pesar de haberse endurecido en mil batallas contra el cГіdigo, aГєn conservaban algo de la desenvoltura del hombre primitivo en el hombre moderno.

– He terminado -me dijo Jabba, levantando la vista. Su cara redonda apiñaba los ojos, la nariz y la boca en el centro del círculo. Se había recogido las greñas de pelo rojo y largo detrás de las orejas.

– ¿Las conexiones están operativas? -pregunté a Proxi.

– Dentro de un par de minutos.

MirГ© mi reloj. Las manecillas, que salГ­an directamente de la nariz del barbudo capitГЎn Haddock, marcaban las ocho menos cinco. En poco mГЎs de media hora todo habrГ­a terminado. De momento, la antena parabГіlica ya estaba orientada y el punto de acceso listo para abrirse, asГ­ que sГіlo faltaba que Jabba acabara de montar la conexiГіn inalГЎmbrica para que yo pudiera empezar a trabajar.

En ese momento descubrГ­ quГ© era lo que, desde hacГ­a un buen rato, me resultaba tan familiar de aquel platГі: olГ­a igual que el desvГЎn de la casa de mi abuela, en Vic, un olor de muebles viejos, bolsitas antipolillas y metal oxidado. HacГ­a mucho tiempo que no hablaba con mi abuela, pero de eso no tenГ­a yo la culpa porque, siempre que tomaba la decisiГіn de ir a verla, ella salГ­a de viaje hacia algГєn lugar remoto del globo en compaГ±Г­a de sus locas amigas, todas viudas y octogenarias. Sin duda, hubiera estado encantada de visitar aquellos viejos estudios de Miramar porque en sus tiempos habГ­a sido una seguidora apasionada del programa de Herta Frankel y su perrita Marylin.

– Listo -anunció Proxi-. Ya estás dentro.

Me sentГ© en el suelo mohoso con las piernas cruzadas y apoyГ© el portГЎtil entre las rodillas. Jabba se acomodГі a mi lado y se inclinГі para ver la evoluciГіn del acceso en la pantalla. Me colГ© en los ordenadores de la FundaciГіn TraxSG utilizando mi propia versiГіn del В«SevendoolfВ», un conocido caballo de Troya que permitГ­a la entrada a sistemas remotos utilizando puertas traseras.

– ¿Cómo conseguiste las claves? -quiso saber Proxi, colocándose en el lado opuesto a Jabba y adoptando su misma postura. Proxi era una de esas mujeres a las que jamás sabía cómo mirar. Cada parte de su cuerpo era perfecta en sí misma y su cara, enmarcada en un brillante y corto pelo negro, resultaba muy atractiva, con una preciosa nariz afilada y unos grandes ojos oscuros. Sin embargo, el conjunto no resultaba armonioso, como si los pies fueran de otro cuerpo, los brazos un par de tallas más grandes y la cintura, aunque fina, demasiado grande para sus escurridas caderas-. ¿Por la fuerza bruta? -aventuró.

– He tenido los ordenadores de mi casa haciendo pruebas desde que empezó todo este asunto -le respondí sonriendo. Jamás, ni bajo los efectos del pentotal, revelaría mis secretos más valiosos a otro hacker.

El sistema, que trabajaba con Microsoft SQL Server y usaba Windows NT para su red local, no disponГ­a de la menor medida de seguridad. Por no tener, aquella red no tenГ­a ni el antivirus actualizado. La Гєltima revisiГіn era de mayo de 2001, justo un aГ±o atrГЎs. Resultaba deprimente piratear asГ­, sobre todo despuГ©s del esfuerzo invertido en una operaciГіn de tal envergadura.

– Son unos inconscientes… -Para un buen hacker, uno de toda la vida como Jabba, había cosas que no eran ni humana ni técnicamente concebibles.

– ¡Cuidado! -me advirtió de pronto Proxi, dejándose caer sobre mi hombro para contemplar mejor el monitor-. No toques ningún fichero. Deben de estar llenos de virus, gusanos y spyware (1).

(1) PequeГ±as aplicaciones de software que se instalan en los sistemas sin conocimiento de sus propietarios y que monitorizan todas las actividades del ordenador enviando esta informaciГіn hacia servidores generalmente comerciales.


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