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«Los propios dioses», Isaac Asimov

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TГ­tulo original: The gods themselves

1. CONTRA LA ESTUPIDEZ…

6

—¡Es inútil! — exclamó Lamont, con brusquedad—. No he obtenido ningún resultado.

Su expresiГіn sombrГ­a concordaba bien con las profundas cuencas de sus ojos y la leve simetrГ­a de su largo mentГіn. Aquella gravedad se advertГ­a incluso en sus momentos de buen humor, y Г©ste no era uno de ellos. Su segunda entrevista formal con Hallam habГ­a sido un fracaso mayor que la primera.

— No exagere — dijo Myron Bronovski, con tono plácido—. Usted ya lo esperaba, según me dijo.

Estaba tirando cacahuetes al aire y los cogГ­a con sus labios gruesos mientras caГ­an. Nunca fallaba. No era muy alto, ni muy delgado.

— Esto no lo convierte en agradable. Pero tiene razón, no importa. Hay otras cosas que puedo hacer y que estoy decidido a hacer y, aparte de eso, dependo de usted. Si por lo menos pudiera descubrir…

— No siga, Pete. Ya lo he oído otras veces. Todo lo que he de hacer es descifrar la mentalidad de una inteligencia inhumana.

— Una inteligencia sobrehumana. Esas criaturas del parauniverso están intentando hacerse comprender.

— Tal vez — suspiró Bronovski—, pero intentan hacerlo a través de mi inteligencia, que en ciertas ocasiones considero por encima de la humana, pero no demasiado. A veces, en plena noche, no puedo conciliar el sueño y me pregunto si inteligencias diferentes pueden llegar a comunicarse; o si he tenido un mal día, dudo de que la frase «inteligencias diferentes» tenga algún significado.

— Lo tiene — declaró Lamont, salvajemente, cerrando los puños dentro de los bolsillos de su bata. Se refiere a Hallam y a mí. Se refiere a ese héroe de pacotilla, el doctor Frederick Hallam, v a mí. Somos inteligencias diferentes porque cuándo le hablo no me comprende. Su cara de idiota se pone cada vez más roja, sus ojos se hacen saltones y sus orejas se bloquean. Yo diría que su mente deja de funcionar, pero me falta la prueba de cualquier otro factor que pueda provocar esta interrupción de su funcionamiento.

Bronovski murmurГі

— Vaya manera de hablar del Padre de la Bomba de Electrones.

— Eso es. Considerado como el Padre de la Bomba de Electrones. Un nacimiento bastardo como el que más. Su contribución fue la menor en sustancia. Lo sé.

— Yo también lo sé. Me lo ha dicho usted a menudo — replicó Bronovski, tirando otro cacahuete al aire.

Tampoco esta vez fallГі.

1

Habla sucedido treinta aГ±os atrГЎs. Frederick Hallam era un radioquГ­mico, su tesis doctoral estaba reciГ©n impresa y no daba ninguna muestra de ser un innovador.

Sus primeras innovaciones surgieron a partir de que colocГі sobre su escritorio un polvoriento frasco de reactivo marcado В«Metal de TungstenoВ». No era suyo; nunca lo habГ­a usado. Era una reliquia de un dГ­a remoto en que algГєn anterior ocupante de la oficina debiГі necesitar tungsteno por una razГіn desconocida. En realidad, ya ni siquiera era tungsteno. ConsistГ­a en unas bolitas de algo enteramente recubierto por el Гіxido: grises y polvorientas. Ya no servГ­a para nada.

Un dГ­a, Hallam entrГі en el laboratorio (exactamente el 3 de octubre de 2070), empezГі a trabajar, se detuvo un poco antes de las diez de la maГ±ana, permaneciГі transfigurado, ante el frasco y lo levantГі. Estaba tan polvoriento como siempre y la etiqueta seguГ­a estando borrosa, pero Г©l exclamГі

— Maldita sea. ¿Quién demonios ha tocado esto?

Tal era, por lo menos, la versiГіn de Denison, que escuchГі la observaciГіn y la repitiГі a Lamont una generaciГіn mГЎs tarde. La versiГіn oficial del descubrimiento, segГєn consta en los libros, prescinde de la fraseologГ­a. Produce la impresiГіn de un quГ­mico muy observador, que advierte un cambio y al instante saca importantes deducciones.

Pero no fue asГ­. Hallara no necesitaba el tungsteno; no tenГ­a el menor valor para Г©l, y que lo hubiesen tocado no podГ­a importarle en absoluto. Pero odiaba cualquier intromisiГіn en su mesa de trabajo (como tantos otros) y sospechaba que los demГЎs ardГ­an en deseos de revolverla por pura malicia.

Nadie admitiГі entonces tener algo que ver con la cuestiГіn. BenjamГ­n Allan Denison, que oyГі la observaciГіn inicial, tenГ­a su oficina al otro lado del pasillo, y las dos puertas estaban abiertas. LevantГі la vista y vio la mirada acusadora de Hallam.

Hallam no le resultaba particularmente simpГЎtico (nadie sentГ­a una especial simpatГ­a por Г©l), y habГ­a pasado una mala noche. Por casualidad, le satisfacГ­a bastante, como recordГі despuГ©s, encontrar a alguien contra quien desahogar su mal humor, y Hallam era el candidato ideal.

Cuando Г©ste le acercГі el frasco a la cara, Denison retrocediГі con evidente disgusto.


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