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«El enigma del cuatro», Ian Caldwell и др.

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Dustin Thomason

TraducciГіn de Juan Gabriel VГЎsquez

Nota histГіrica

La Hypnerotomachia Poliphili es uno de los libros mГЎs apreciados y menos comprendidos de los primeros aГ±os de la imprenta occidental. Hoy en dГ­a sobreviven menos ejemplares de esta obra que de la Biblia de Gutenberg. Los estudiosos aГєn debaten sobre la identidad y los propГіsitos de Francesco Colonna, el misterioso autor de la Hypnerotomachia. La primera traducciГіn completa al inglГ©s de la Hypnerotomachia no fue publicada hasta diciembre de 1999, quinientos aГ±os despuГ©s de la impresiГіn del texto original y meses despuГ©s de los sucesos descritos en El enigma del cuatro.

 

Amable lector, escucha a Polifilo hablar de sus sueГ±os,

SueГ±os enviados por el cielo mГЎs alto. No serГЎ vano tu esfuerzo; ni te irritarГЎ escuchar,

Pues esta obra extraordinaria abunda en mГєltiples cosas. Si, por seriedad o adustez, desprecias las historias de amor,

Te ruego lo sepas: aquГ­ dentro, las cosas guardan buen orden. ВїTe niegas? Pero el estilo al menos, con su novedosa lengua,

Su discurso serio, su sabidurГ­a, contarГЎ con tu atenciГіn. Si tambiГ©n a ello te niegas, percibe la geometrГ­a,

Las cosas de otro tiempo expresadas en signos nilóticos… Allí verás los palacios perfectos de los reyes,

La adoraciГіn de las ninfas, las fuentes, los ricos banquetes. Los guardias bailan en trajes variopintos, y toda

La vida humana se expresa en oscuros laberintos.

 

ElegГ­a anГіnima al lector,

 

Hypnerotomachia Poliphili

PrГіlogo

Como a tantos nos sucede, mi padre se pasГі la vida juntando las piezas de una historia que nunca llegarГ­a a comprender. Esa historia comenzГі casi cinco siglos antes de que yo fuera a la universidad, y terminГі mucho despuГ©s de la muerte de mi padre. Una noche de noviembre de 1487, dos mensajeros salieron a caballo de las sombras del Vaticano rumbo a una iglesia llamada San Lorenzo, fuera de las murallas de Roma. Lo que ocurriГі esa noche trastocГі sus destinos, y mi padre creГ­a que podrГ­a llegar a trastocar el suyo.

Nunca hice mucho caso de sus convicciones. Los hijos son la promesa que el tiempo hace a los hombres, la garantГ­a que cada padre recibe de que todo lo que estima serГЎ algГєn dГ­a considerado banal, y de que la persona que mГЎs ama en el mundo serГЎ incapaz de comprenderlo. Pero mi padre, experto en el Renacimiento, nunca descartГі la posibilidad de volver a nacer. Tantas veces contГі la historia de los dos mensajeros que, por mГЎs que lo intente, no he podido olvidarla. IntuyГі -ahora lo comprendo- que habГ­a una lecciГіn en ella, una verdad que acabarГ­a por unirnos.

Los mensajeros habГ­an sido enviados a San Lorenzo para entregar la carta de un noble con la advertencia, so pena de muerte, de que no la abrieran. La carta llevaba cuatro sellos de cera oscura, y contenГ­a un secreto que mi padre intentarГ­a descifrar durante tres dГ©cadas. Pero aquГ©llos eran malos tiempos para Roma; el honor de otras Г©pocas la habГ­a abandonado para no regresar. En el techo de la Capilla Sixtina seguГ­a habiendo un cielo estrellado, y lluvias apocalГ­pticas habГ­an inundado el rГ­o TГ­ber, en cuyas orillas, segГєn las viudas mГЎs viejas, habГ­a aparecido un monstruo con cuerpo de mujer y cabeza de burro. Rodrigo y Donato, los codiciosos jinetes, no atendieron la advertencia de su seГ±or. Calentaron con una vela los sellos de cera y abrieron la carta para leer su contenido. Antes de partir hacia San Lorenzo, repusieron el sello a la perfecciГіn, copiando la impronta del noble con tanto esmero que su intrusiГіn debiГі de ser imposible de detectar. Si su seГ±or no hubiera sido extraordinariamente sabio, es seguro que los dos correos habrГ­an sobrevivido.

Pues no fueron los sellos lo que perdiГі a Rodrigo y a Donato. Fue la cera negra y pesada en la cual los sellos se habГ­an impreso. Cuando llegaron a San Lorenzo, los mensajeros fueron recibidos por un lacayo que sabГ­a lo que la cera contenГ­a: extractos de una hierba venenosa que, al aplicarse a los ojos, dilata las pupilas. Hoy en dГ­a, este compuesto tiene uso medicinal, pero en aquella Г©poca era usado como cosmГ©tico por las mujeres italianas, pues las pupilas dilatadas se consideraban seГ±al de belleza. Esta prГЎctica dio a la planta su nombre: В«mujer bellaВ», o belladonna. Al fundir y refundir los sellos, Rodrigo y Donato recibieron los efectos del humo de la cera quemada. Tras su llegada a San Lorenzo, el lacayo los llevГі junto a un candelabro, cerca del altar. Sus pupilas no se contrajeron; el lacayo supo lo que habГ­an hecho. Y aunque los mensajeros se esforzaban por reconocer al hombre a travГ©s de su mirada extraviada, Г©ste hizo lo que le habГ­an ordenado: sacГі su espada y les cortГі la cabeza. Se trataba de una prueba de lealtad, dijo el noble, y los mensajeros habГ­an fracasado.

De la suerte de Rodrigo y Donato se enterГі mi padre por un documento que descubriГі poco antes de morir. El lacayo cubriГі sus cuerpos y los sacГі a rastras de la iglesia, limpiando la sangre con trapos y estopilla. MetiГі las cabezas en sendas alforjas y las colocГі a ambos lados de la montura; echГі los cuerpos sobre los caballos de Rodrigo y Donato y los enganchГі al suyo. EncontrГі la carta en el bolsillo de Donato y la quemГі, porque era falsa y no tenГ­a destinatario. Entonces, antes de partir, se arrodillГі ante la iglesia, arrepentido, horrorizado por el pecado que acababa de cometer en nombre de su seГ±or. Frente a sus ojos, las aberturas que habГ­a entre las seis columnas de San Lorenzo le parecieron dientes negros, y aquel simple laca-yo reconociГі haber temblado al verlas, pues de niГ±o, sentado sobre las rodillas de las viudas, habГ­a conocido las visiones que tuvo el poeta Dante del infierno, y sabido que el castigo de los grandes pecadores era ser roГ­dos para siempre entre las fauces de los operadores del doloroso regno.

QuizГЎs el viejo San Lorenzo estuviera observando desde la tumba y, viendo la sangre en las manos de aquel pobre hombre, lo perdonara. O quizГЎs no hubiera perdГіn posible, y San Lorenzo, como los santos y los mГЎrtires del presente, guardara un silencio inescrutable. Aquella noche, el lacayo siguiГі las Гіrdenes de su seГ±or y llevГі los cadГЎveres de Rodrigo y Donato al carnicero. Acaso sea mejor no imaginar su destino. Pero espero que los cuerpos fueran arrojados a la calle y recogidos por los carros de la basura, o devorados por los perros, y no transformados en un pastel.

En cualquier caso, el carnicero encontrГі otro uso para las cabezas. Las vendiГі a un panadero del lugar, un hombre un poco taimado, que aquella noche las depositГі en su propio horno antes de cerrar. En aquella Г©poca era costumbre que las viudas tomaran prestados los hornos de los panaderos al caer la noche, cuando las brasas del dГ­a aГєn estaban calientes; las mujeres llegaron, y al encontrarse con las cabezas chillaron y estuvieron a punto de desmayarse.

A primera vista, ser usado para espantar a un puГ±ado de viejas brujas parece un destino vulgar. Pero creo que Rodrigo y Donato han gozado de mayor fama de la que jamГЎs habrГ­an podido gozar en vida, gracias a la forma en que murieron. Porque en toda civilizaciГіn son las viudas quienes guardan la memoria, y una cosa es cierta: las que encontraron las cabezas en el horno del panadero nunca lo olvidaron. Aun despuГ©s de que el panadero confesara su hazaГ±a, las viudas debieron de seguir contando a los niГ±os de Roma la historia del descubrimiento; y ellos, durante una generaciГіn entera, recordaron el cuento de las cabezas milagrosas tan vividamente como recordaban al monstruo escupido por la riada del TГ­ber.

Y aunque la historia de los dos mensajeros pasarГ­a final-mente al olvido, permanece mГЎs allГЎ de toda duda. El lacayo cumpliГі con su deber. Sea cual fuere, el secreto de su seГ±or nunca saliГі de San Lorenzo. La maГ±ana siguiente al asesinato de Rodrigo y Donato, mientras los basureros amontonaban tripas e inmundicias en sus carretillas, nadie prestГі demasiada atenciГіn a la muerte de aquellos hombres. El lento progreso que transforma la belleza en podredumbre y la podredumbre en belleza siguiГі su curso y, como los dientes de la serpiente que Cadmo sembrГі, la sangre del mal regГі tierras romanas y produjo renacimientos. PasarГ­an quinientos aГ±os antes de que alguien descubriera la verdad. Cuando esos cinco siglos hubieron pasado, y la muerte hubo encontrado un nuevo par de mensajeros, yo estaba terminando mi Гєltimo aГ±o de universidad en Princeton.


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