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«Noticia de un Secuestro», Gabriel MГЎrquez

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GRATITUDES

Maruja PachГіn y su esposo, Alberto Villamizar, me propusieron en octubre de 1993 que escribiera un libro con las experiencias de ella durante su secuestro de seis meses, y las arduas diligencias en que Г©l se empeГ±Гі hasta que logrГі liberarla. TenГ­a el primer borrador ya avanzado cuando caГ­mos en la cuenta de que era imposible desvincular aquel secuestro de los otros nueve que ocurrieron al mismo tiempo en el paГ­s. En realidad, no eran diez secuestros distintos -como nos pareciГі a primera vista- sino un solo secuestro colectivo de diez personas muy bien escogidas, y ejecutado por una misma empresa con una misma y Гєnica finalidad.

Esta comprobaciГіn tardГ­a nos obligГі a empezar otra vez con una estructura y un aliento diferentes para que todos los protagonistas tuvieran su identidad bien definida y su ГЎmbito propio. Fue una soluciГіn tГ©cnica para una narraciГіn laberГ­ntica que en el primer formato hubiera sido fragorosa e interminable. De este modo, sin embargo, el trabajo previsto para un aГ±o se prolongГі por casi tres, siempre con la colaboraciГіn cuidadosa y oportuna de Maruja y Alberto, cuyos relatos personales son el eje central y el hilo conductor de este libro.

EntrevistГ© a cuantos protagonistas me fue posible, y en todos encontrГ© la misma disposiciГіn generosa de perturbar la paz de su memoria y reabrir para mГ­ las heridas que quizГЎs querГ­an olvidar. Su dolor, su paciencia y su rabia me dieron el coraje para persistir en esta tarea otoГ±al, la mГЎs difГ­cil y triste de mi vida. Mi Гєnica frustraciГіn es saber que ninguno de ellos encontrarГЎ en el papel nada mГЎs que un reflejo mustio del horror que padecieron en la vida real. Sobre todo las familias de las dos rehenes muertas -Marina Montoya y Diana Turbay-, y en especial la madre de Г©sta, doГ±a Nydia Quintero de BalcГЎzar, cuyas entrevistas fueron para mГ­ una experiencia humana desgarradora e inolvidable.

Esta sensaciГіn de insuficiencia la comparto con dos personas que sufrieron conmigo la carpinterГ­a confidencial del libro: la periodista LuzГЎngela Arteaga, que rastreГі y capturГі numerosos datos imposibles con una tenacidad y una discreciГіn absoluta de cazadora furtiva, y Margarita MГЎrquez Caballero, mi prima hermana y secretaria privada, que manejГі la trascripciГіn, el orden, la verificaciГіn y el secreto del intrincado material de base en el que varias veces nos sentimos a punto de naufragar.

Para todos los protagonistas y colaboradores va mi gratitud eterna por haber hecho posible que no quedara en el olvido este drama bestial, que por desgracia es sГіlo un episodio del holocausto bГ­blico en que Colombia se consume desde hace mГЎs de veinte aГ±os. A todos ellos lo dedico, y con ellos a todos los colombianos -inocentes y culpables- con la esperanza de que nunca mГЎs nos suceda este libro.

 

G.G.M.

 

Cartagena de Indias, mayo de 1996

1

Antes de entrar en el automГіvil mirГі por encima del hombro para estar segura de que nadie la acechaba. Eran las siete y cinco de la noche en BogotГЎ. HabГ­a oscurecido una hora antes, el Parque Nacional estaba mal iluminado y los ГЎrboles sin hojas tenГ­an un perfil fantasmal contra el cielo turbio y triste, pero no habГ­a a la vista nada que temer. Maruja se sentГі detrГЎs del chofer, a pesar de su rango, porque siempre le pareciГі el puesto mГЎs cГіmodo. Beatriz subiГі por la otra puerta y se sentГі a su derecha. TenГ­an casi una hora de retraso en la rutina diaria, y ambas se veГ­an cansadas despuГ©s de una tarde soporГ­fera con tres reuniones ejecutivas. Sobre todo Maruja, que la noche anterior habГ­a tenido fiesta en su casa y no pudo dormir mГЎs de tres horas. EstirГі las piernas entumecidas, cerrГі los ojos con la cabeza apoyada en el espaldar, y dio la orden de rutina:

– A la casa, por favor.

Regresaban como todos los dГ­as, a veces por una ruta, a veces por otra, tanto por razones de seguridad como por los nudos del trГЎnsito. El Renault 21 era nuevo y confortable, y el chofer lo conducГ­a con un rigor cauteloso. La mejor alternativa de aquella noche fue la avenida Circunvalar hacia el norte. Encontraron los tres semГЎforos en verde y el trГЎfico del anochecer estaba menos embrollado que de costumbre. Aun en los dГ­as peores hacГ­an media hora desde las oficinas hasta la casa de Maruja, en la transversal Tercera NВ° 84A-42 y el chofer llevaba despuГ©s a Beatriz a la suya, distante unas siete cuadras.

Maruja pertenecГ­a a una familia de intelectuales notables con varias generaciones de periodistas. Ella misma lo era, y varias veces premiada. Desde hacГ­a dos meses era directora de Focine, la compaГ±Г­a estatal de fomento cinematogrГЎfico. Beatriz, cuГ±ada suya y su asistente personal, era una fisioterapeuta de larga experiencia que habГ­a hecho una pausa para cambiar de tema por un tiempo. Su responsabilidad mayor en Focine era ocuparse de todo lo que tenГ­a que ver con la prensa. Ninguna de las dos tenГ­a nada que temer, pero Maruja habГ­a adquirido la costumbre casi inconsciente de mirar hacia atrГЎs por encima del hombro, desde el agosto anterior, cuando el narcotrГЎfico empezГі a secuestrar periodistas en una racha imprevisible.

Fue un temor certero. Aunque el Parque Nacional le habГ­a parecido desierto cuando mirГі por encima del hombro antes de entrar en el automГіvil, ocho hombres la acechaban. Uno estaba al volante de un Mercedes 190 azul oscuro, con placas falsas de BogotГЎ, estacionado en la acera de enfrente. Otro estaba al volante de un taxi amarillo, robado. Cuatro, con pantalones vaqueros, zapatos de tenis y chamarras de cuero, se paseaban por las sombras del parque. El sГ©ptimo era alto y apuesto, con un vestido primaveral y un maletГ­n de negocios que completaba su aspecto de ejecutivo joven. Desde un cafetГ­n de la esquina, a media cuadra de allГ­, el responsable de la operaciГіn vigilГі aquel primer episodio real, cuyos ensayos, meticulosos e intensos, habГ­an empezado veintiГєn dГ­as antes.

El taxi y el Mercedes siguieron al automГіvil de Maruja, siempre a la distancia mГ­nima, tal como lo habГ­an hecho desde el lunes anterior para establecer las rutas usuales. Al cabo de unos veinte minutos todos giraron a la derecha en la calle 82, a menos de doscientos metros del edificio de ladrillos sin cubrir donde vivГ­a Maruja con su esposo y uno de sus hijos. HabГ­a empezado apenas a subir la cuesta empinada de la calle, cuando el taxi amarillo lo rebasГі, lo cerrГі contra la acera izquierda, y el chofer tuvo que frenar en seco para no chocar. Casi al mismo tiempo, el Mercedes estacionГі detrГЎs y lo dejГі sin posibilidades de reversa.

Tres hombres bajaron del taxi y se dirigieron con paso resuelto al automГіvil de Maruja. El alto y bien vestido llevaba un arma extraГ±a que a Maruja le pareciГі una escopeta de culata recortada con un caГ±Гіn tan largo y grueso como un catalejo. En realidad, era una Miniuzis de 9 milГ­metros con un silenciador capaz de disparar tiro por tiro o rГЎfagas de treinta balas en dos segundos. Los otros dos asaltantes estaban tambiГ©n armados con metralletas y pistolas. Lo que Maruja y Beatriz no pudieron ver fue que del Mercedes estacionado detrГЎs descendieron otros tres hombres.

Actuaron con tanto acuerdo y rapidez, que Maruja y Beatriz no alcanzaron a recordar sino retazos dispersos de los dos minutos escasos que durГі el asalto. Cinco hombres rodearon el automГіvil y se ocuparon de los tres al mismo tiempo con un rigor profesional. El sexto permaneciГі, vigilando la calle con la metralleta en ristre. Maruja reconociГі su presagio.


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