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«La Hojarasca», Gabriel MГЎrquez

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Y respecto del cadГЎver de Polinice, que miserablemente ha muerto, dicen que ha publicado un bando para que ningГєn ciudadano lo entierre ni lo llore, sino que insepulto y sin los honores del llanto, lo dejen para sabrosa presa de las aves que se abalancen a devorarlo. Ese bando dicen que el bueno de Creonte ha hecho pregonar por ti y por mГ­, quiere decir que por mГ­; y me vendrГЎ aquГ­ para anunciar esa orden a los que no la conocen; y que la casa se ha de tomar no de cualquier manera, porque quien se atreva a hacer algo de lo que prohibe serГЎ lapidado por el pueblo.

(De AntГ­gona)

 

De pronto, como si un remolino hubiera echado raГ­ces en el centro del pueblo, llegГі la compaГ±Г­a bananera perseguida por la hojarasca. Era una hojarasca revuelta, alborotada, formada por los desperdicios humanos y materiales de los otros pueblos; rastrojos de una guerra civil que cada vez parecГ­a mГЎs remota e inverosГ­mil. La hojarasca era implacable. Todo lo contaminaba de su revuelto olor multitudinario, olor de secreciГіn a flor de piel y de recГіndita muerte. En menos de un aГ±o arrojГі sobre el pueblo los escombros de numerosas catГЎstrofes anteriores a ella misma, esparciГі en las calles su confusa carga de desperdicios. Y esos desperdicios, precipitadamente, al compГЎs atolondrado e imprevisto de la tormenta, se iban seleccionando, individualizГЎndose, hasta convertir lo que fue un callejГіn con un rГ­o en un extremo un corral para los muertos en el otro, en un pueblo diferente y complicado, hecho con los desperdicios de los otros pueblos. AllГ­ vinieron, confundidos con la hojarasca humana, arrastrados por su impetuosa fuerza, los desperdicios de los almacenes, de los hospitales, de los salones de diversiГіn, de las plantas elГ©ctricas; desperdicios de mujeres solas y de hombres que amarraban la mula en un horcГіn del hotel, trayendo como un Гєnico equipaje un baГєl de madera o un atadillo de ropa, y a los pocos meses tenГ­an casa propia, dos concubinas y el tГ­tulo militar que les quedaron debiendo por haber llegado tarde a la guerra.

Hasta los desperdicios del amor triste de las ciudades nos llegaron en la hojarasca y construyeron pequeГ±as casas de madera, e hicieron primero un rincГіn donde medio catre era el sombrГ­o hogar para una noche, y despuГ©s una ruidosa calle clandestina, y despuГ©s todo un pueblo de tolerancia dentro del pueblo.

En medio de aquel ventisquero, de aquella tempestad de caras desconocidas, de toldos en la vГ­a pГєblica, de hombres cambiГЎndose de ropa en la calle, de mujeres sentadas en los baГєles con los paraguas abiertos, y de mulas y mulas abandonadas, muriГ©ndose de hambre en la cuadra del hotel, los primeros Г©ramos los Гєltimos; nosotros Г©ramos los forasteros; los advenedizos.

DespuГ©s de la guerra, cuando vinimos a Macondo y apreciamos la calidad de su suelo, sabГ­amos que la hojarasca habГ­a de venir alguna vez, pero no contГЎbamos con su Г­mpetu. AsГ­ que cuando sentimos llegar la avalancha lo unico que pudimos hacer fue poner el plato con el tenedor y el cuchillo detrГЎs de la puerta y sentarnos pacientemente a esperar que nos conocieran los reciГ©n llegados. Entonces pitГі el tren por primera vez. La hojarasca volteГі y saliГі a verlo y con la vuelta perdiГі el impulso, pero logro unidad y solidez; y sufriГі el natural proceso de fermentaciГіn y se incorporГі a los gГ©rmenes de la tierra.

(Macondo, 1909)

1

Por primera vez he visto un cadГЎver. Es miГ©rcoles, pero siento como si fuera domingo porque no he ido a la escuela y me han puesto este vestido de pana verde que me aprieta en alguna parte. De la mano de mamГЎ, siguiendo a mi abuelo que tantea con el bastГіn a cada paso para no tropezar con las cosas (no ve bien en la penumbra, y cojea) he pasado frente al espejo de la sala y me he visto de cuerpo entero, vestido de verde y con este blanco lazo almidonado que me aprieta a un lado del cuello. Me he visto en la redonda luna manchada y he pensado: Г‰se soy yo, como si hoy fuera domingo.

Hemos venido a la casa donde estГЎ el muerto.

El calor es sofocante en la pieza cerrada. Se oye el zumbido del sol por las calles, pero nada mas.

El aire es estancado, concreto; se tiene la impresiГіn de que podrГ­a torcГ©rsele como una

lamina de acero. En la habitaciГіn donde han puesto el cadГЎver huele a baГєles, pero no los veo por ninguna parte. Hay una hamaca en el rincГіn, colgada de la argolla por uno de sus extremos. Hay un olor a desperdicios. Y creo que las cosas arruinadas y casi deshechas que nos rodean tienen el aspecto de las cosas que deben oler a desperdicios aunque realmente tengan otro olor.

Siempre creГ­ que los muertos debГ­an tener sombrero. Ahora veo que no. Veo que tienen la cabeza acerada y un paГ±uelo amarrado en la mandГ­bula. Veo que tienen la boca un poco abierta y que se ven, detrГЎs de los labios morados, los dientes manchados e irregulares. Veo que tienen la lengua mordida a un lado, gruesa y pastosa, un poco mГЎs oscura que el color de j la cara, que es como el de los dedos cuando se les aprieta con un cГЎГ±amo. Veo que tienen los ojos abiertos, mucho mГЎs que los de un hombre; ansiosos y desorbitados, y que la piel parece ser de tierra apretada y hГєmeda. CreГ­ que un muerto parecГ­a una persona quieta y dormida y ahora veo que es todo lo contrario. Veo que parece una persona despierta y rabiosa despuГ©s de una pelea.

MamГЎ tambiГ©n se ha vestido como si fuera domingo. Se ha puesto el antiguo sombrero de paja que le cubre las orejas, y un vestido negro, cerrado arriba, con mangas hasta los puГ±os. Como hoy es miГ©rcoles, la veo lejana, desconocida, y tengo la impresiГіn de que quiere decirme algo mientras mi abuelo se levanta a recibir a los hombres que han traГ­do el ataГєd. MamГЎ estГЎ sentada a mi lado, de espaldas a la ventana clausurada. Respira trabajosamente cada instante se compone las hebras de cabello que le salen por debajo del sombrero puesto a la carrera. Mi abuelo ha ordenado a los hombres que pongan el ataГєd junto a la cama. Solo entonces me he dado cuenta de que sГ­ puede caber el muerto dentro de Г©l. Cuando los hombres trajeron la caja tuve la impresiГіn de que era demasiado pequeГ±a para un cuerpo que ocupa todo el largo del lecho.

No sé por qué me han traído. Nunca había entrado en esta casa y hasta creí que estaba deshabitada. Es una casa grande, en esquina, cuyas puertas, creo, no han sido abiertas nunca. Siempre creí que, la casa estaba desocupada. Sólo ahora, después de que mamá me dijo: “Esta tarde no irás a la escuela”, y yo no sentí alegría porque me lo dijo con la voz grave y reservada; y la vi regresar con mi vestido de lana y me lo puso sin hablar y salimos a la puerta a juntarnos con mi abuelo; y caminamos las tres casas que separan ésta de la nuestra. sólo ahora me he dado cuenta de que alguien vivía en esta esquina. Alguien que ha muerto y que debe ser el hombre a quien se refirió mi madre cuando dijo: «Tienes que estar muy juicioso en el entierro del doctor.» Al entrar no vi al muerto. Vi a mi abuelo en la puerta, hablando con los hombres, y lo vi después dándonos la orden de seguir adelante. Creí entonces que había alguien en la habitación, al entrar la sentí oscura y vacía. El calor golpeó el rostro desde el primer momento sentí este olor a desperdicios que era sólido y permanente al principio y que ahora, como el calor, llega en ondas espaciadas y desaparece.

MamГЎ me condujo de la mano por la habitaciГіn oscura y me sentГі a su lado, en un rincГіn. SГіlo despuГ©s de un momento empecГ© a distinguir las cosas. Vi a mi abuelo tratando de abrir una ventana que parece adherida a sus bordes, soldada con la madera del marco, y lo vi dando bastonazos contra los picaportes, el saco lleno de polvo que se desprendГ­a a cada sacudida. VolvГ­ la cara a donde se moviГі mi abuelo cuando se declarГі impotente para abrir la ventana y sГіlo entonces vi que habГ­a alguien en la cama. HabГ­a un hombre oscuro, estirado, inmГіvil. Entonces hice girar la cabeza hacia el lado de mamГЎ, que permanecГ­a lejana y seria, mirando hacia otro lugar de la habitaciГіn. Como los pies no me llegan hasta el suelo sino que quedan suspendidos en el aire, a una cuarta del piso, coloquГ© las manos debajo de los muslos, apoyadas las palmas contra el asiento, y empecГ© a balancear las piernas, sin pensar en nada, hasta cuando recordГ© que mamГЎ me habГ­a dicho: В«Tienes que estar muy juicioso en el entierro del doctor.В» Entonces sentГ­ algo frГ­o a mis espaldas, volvГ­ a mirar y no vi sino la pared de madera seca y agrietada. Pero fue como si alguien me hubiera dicho desde la pared: В«No muevas las piernas, que el hombre que estГЎ en la cama es el doctor y estГЎ muerto.В» Y cuando mirГ© hacia la cama, ya no lo vi como antes. Ya no lo vi acostado sino muerto.

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