Главная АвторыЖанрыО проекте
 
 

«El Mico», Francois Mauriac

Найти другие книги автора/авторов: ,
Найти другие книги в жанре: Современная проза, Философия (Все жанры)

– Un grosero, hija mía, como era de esperarse.

– ¿Se niega? ¿Está segura de no haberlo ofendido? ¿De no haberlo tratado con sus grandes humos? Sin embargo, yo le había explicado a usted…

La vieja agitaba la cabeza, pero era esa protesta involuntaria de los ancianos, que parecen decir "no" a la muerte. Una flor de tela blanca se movГ­a grotescamente sobre el sombrero de paja. Sus ojos estaban velados por lГЎgrimas que no corrГ­an.

– ¿Qué pretexto le ha dado?

– Dijo que no tenía tiempo… Que la secretaría de la alcaldía no le dejaba tiempo libre…

– ¡Vamos! Él debe de haber encontrado otras razones…

– No, hija mía, se lo aseguro. Insistía continuamente con sus ocupaciones; no pude convencerlo.

La baronesa de Cernes se sostenГ­a del pasamanos, y de trecho en trecho se detenГ­a para retomar aliento. Su nuera la seguГ­a paso a paso, de escalГіn en escalГіn, acosГЎndola con preguntas, con ese acento de rabia obstinada de la que no tenГ­a conciencia. No obstante, advirtiГі que atemorizaba a la vieja y se esforzГі por bajar el tono; pero sus palabras silbaban entre los dientes apretados.

– ¿Por qué me dijo al principio que él se había conducido como un grosero?

La baronesa, moviendo la cabeza, se sentГі sobre una banqueta del rellano, y su mueca, quizГЎ, era una sonrisa. Paule se puso a gritar otra vez:

– ¿Sí o no? ¿No había acusado al preceptor de grosería?

– No, hija, no; he exagerado… Tal vez he comprendido mal. Es posible que ese muchacho haya hablado con toda inocencia… He visto una alusión donde no la había. Y como Paule insistiera:

– ¿Qué alusiones? ¿A propósito de qué?

– Fue cuando me preguntó por qué no nos dirigíamos al cura. Le respondí que el cura no vivía aquí y que tenía tres parroquias sobre sus hombros. ¿Y qué cree usted que ese maestro me respondió a quemarropa?… Pero no; usted va a enfadarse, hija mía.

– ¿Qué le respondió? No la dejaré tranquila hasta que me lo haya repetido palabra por palabra.

– ¡Y bien!, me dijo con tono burlón que sólo en un punto se parecía al cura: en que no le gustaban las historias y que no quería tener una con el castillo. Comprendí lo que quería decir eso… Créame que si no hubiera sido un herido de Verdún le habría obligado a poner los puntos sobre las íes y habría sabido defenderla…

La rabia de Paule cesГі de golpe. BajГі la cabeza. Sin una sola palabra, volviГі a bajar de prisa; en el vestГ­bulo descolgГі un abrigo.

La baronesa aguardГі a que la puerta estuviera cerrada. Era realmente una sonrisa la que descubrГ­a esa dentadura postiza color gris. Inclinada sobre la baranda, gruГ±Гі: "ВЎToma Г©sa!" De pronto, con voz cascada pero aguda, llamГі: "ВЎGaleas! ВЎGuillou! ВЎQueridos!" La respuesta le llegГі al instante, de las profundidades de la antecocina y de la cocina: "ВЎMamie! ВЎMaminette!" El padre y el hijo trepaban la escalera silenciosamente, pues se habГ­an quitado los zuecos en la cocina y conservaban en los pies los escarpines de lana. Esa llamada significaba que momentГЎneamente la enemiga se habГ­a alejado. PodГ­an reunirse en el dormitorio de Mamie, en torno a la lГЎmpara.

Galeas tomГі el brazo de su madre. TenГ­a hombros estrechos y caГ­dos bajo una vieja tricota color castaГ±o, una gruesa cabeza desproporcionada con espeso cabello, ojos infantiles bastante hermosos, pero una boca terrible de labios siempre mojados, siempre abierta sobre una lengua espesa. Los fondillos del pantalГіn colgaban. La tela formaba gruesos pliegues sobre sus muslos de esqueleto.

Guillaume había tomado la otra mano de Mamie y la frotaba contra su mejilla. De las conversaciones que oía, no retenía más que lo que le interesaba: "El maestro no quería hacerse cargo de él". No habría que temblar delante del maestro; la sombra de ese monstruo se alejaba. El resto de las conversaciones de Mamie eran incomprensibles. "Le he dado en el clavo a tu mujer…" ¿Qué clavo? Entraron los tres en el cuarto adorado; Guillaume ganó su rincón entre el reclinatorio y el lecho. El respaldo del reclinatorio era un armarito lleno de rosarios rotos, uno de los cuales, de cuentas de nácar, había sido bendecido por el Papa: otro, hecho con carozos de aceitunas, lo había traído Mamie de Jerusalén. Una caja de metal representaba a San Pedro de Roma. Sobre ella, y como recuerdo de un bautizo, brillaba, en letras de plata, el nombre de Galeas. Los devocionarios estaban repletos de imágenes donde sonreían rostros de muertos. Mamie y papá cuchicheaban bajo la lámpara. Un fuego de sarmientos iluminaba vivamente las profundidades del dormitorio. Mamie sacó unos minúsculos naipes grasientos del cajón de la mesita.

– Estaremos tranquilos hasta la cena. Galeas, puedes tocar el piano…

Ella se absorbiГі en un solitario. El piano habГ­a sido transportado a ese cuarto, ya atestado de muebles, porque Paule no podГ­a soportar el aporreo de su marido sobre las teclas. Guillaume sabГ­a por anticipado cuГЎles eran las melodГ­as que su padre iba a ejecutar, y que las retomarГ­a en el mismo orden, sin interrupciГіn. Primero, la Marcha turca. Cada vez que lo escuchaba, Guillou esperaba una nota falsa, en el mismo lugar. A veces, Galeas hablaba sin dejar de tocar, con su voz blanca, que parecГ­a estar mudando aГєn:

– Dime, mamá, ¿ese preceptor es un rojo?

– ¡Rojo! ¡De lo más rojo que hay! Al menos, eso es lo que afirma Lousteau.