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«La cruz de San AndrГ©s», Camilo Cela

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…what is this quintessence of

dust? Man delights not me; no,

nor woman neither.

SHAKESPEARE

Hamlet, II, ii, 316

 

I Dramatis personae

AQUГЌ, en estos rollos de papel de retrete marca La Condesita, escribiendo con bolГ­grafo no se corre la tinta verde, ni la azul, ni la roja, no se corre la tinta, aquГ­ en este soporte humildГ­simo se va a narrar la crГіnica de un derrumbamiento, ni la mansedumbre ni la fiebre hacen temblar la silueta ni el trasluz de nada, yo aguanto mucho, lo Гєnico que pido a Dios es que no me mande todo lo que puedo aguantar, yo soy capaz de aguantar mГЎs que un eunuco turco bien alimentado con carne de toro de Karabuk, las patronas de las pensiones de estudiantes dicen papel higiГ©nico, yo sГ© que nadie es culpable de que nada ni nadie se derrumbe silenciosamente o con estrГ©pito, eso es lo mismo; el gladiador que va a morir saluda al CГ©sar con un corte de mangas porque tambiГ©n Г©l juega y juzga y se rГ­e a carcajadas del CГ©sar y de quienes van a escupir sobre su cadГЎver, serГ­a espantoso imaginarnos a la humanidad demasiado sumisa, suenan los clarines porque ya empieza la misa negra de la confusiГіn, el solemne acto acadГ©mico de la mГЎs turbia de todas las confusiones, los sacerdotes se visten con muy austeros uniformes militares ribeteados de oro, las sacerdotisas cubren sus escuГЎlidas y ajadas carnes o sus opulentas y tersas carnes con tГєnicas de terciopelo verdeceledГіn o rojo sangre bordadas en oro y con botones de oro, y los unos y las otras comulgan con hebras de carne de sucio cerdo infamante, en cada toalla aparece la cara de un muerto teГ±ida de amarillo y sin afeitar y las campanas taГ±en albricias o doblan a muerto segГєn las fases de la luna: se trata de contar un cuento al amor de la lumbre, la farsa debe representarse con sencillez para que el gran pГєblico se deleite, a las hienas hay que echarles vГ­sceras podridas, bofe, corazГіn, mondongo, para que no se ensaГ±en con las colegialas pГєberes y tristes, amargas, pГЎlidas y desilusionadas.

– ¿Por qué te ciñes tanto al pie de la letra?

– Lo ignoro.

– ¿Por qué tu marido se tiñe el pelo de color ciclamen?

– Son figuraciones tuyas, mi marido no lleva el pelo teñido de color ciclamen sino limpio, tan sólo limpio.

No es que las mujeres vulgares no tengamos historia, los hombres tampoco, las mujeres vulgares lo somos a nuestro pesar e ignoramos los mГЎs pedestres conocimientos, lo que pasa es que no sabemos contar nuestra propia historia; a las ciudades y a los pueblos les pasa lo mismo y asГ­ resulta que unos son esplendorosos y rutilantes como el ParaГ­so Terrenal, otros opacos y deleznables como las aburridas y cГЎndidas ГЎnimas del purgatorio, y aun otros anodinos y mansos como las ovejas del matadero quienes, en su dulce y suplicante (inconsciente que no deliberadamente suplicante) mirar, parecen sonreГ­r al matarife; los cerdos son mГЎs dignos y mueren estremeciГ©ndose, sangrando y sufriendo, sГ­, pero tambiГ©n odiando, rugiendo y blasfemando, el odio, el rugido y la blasfemia deben ir siempre mГЎs allГЎ del testimonio e incluso del estupor.

– Proceda usted a presentarse.

– Con la venia del señor presidente. Me llamo Matilde Verdú, mi madre también se llamaba Matilde Verdú, soy hija de soltera y no me avergüenza declararlo, mi madre era adorable y hacia ella no siento sino respeto y gratitud, también admiración y lástima, mucha lástima. Soy inspectora de primera enseñanza, mi madre también lo era y tenía mucha afición al ejercicio de la literatura, sus biografías para escolares de santa Teresa de Ávila y de san Juan de la Cruz tuvieron muy buena acogida, sobre todo la segunda. Mi abuelo era militar, era comandante de infantería y murió en el cumplimiento del deber durante la guerra civil, lo mataron en el frente de Huesca, le dieron un tiro en el pecho y murió en seguida, el asistente le cerró los ojos, eso fue lo que me dijo; nosotros nos quedamos en La Coruña porque tampoco teníamos a donde ir, en La Coruña no somos demasiado conocidos ni admitidos, La Coruña es una ciudad muy clasista y exclusiva, primero los coruñeses de la Ciudad Vieja, después los del Ensanche y después ya veremos. Eso es todo.

– Bien, puede retirarse.

Me armo de valor y de melancolГ­a y confieso sin rubor alguno haber pecado contra todos los mandamientos de la ley de Dios, pero pienso que ya se me hizo pagar la penitencia a muy alto precio y que no serГ­a justo que ahora, cuando me muera, ahora que ya oigo a la muerte repicar en el aldabГіn de mi cuarto de dormir y de morir, se me mandase al infierno a seguir ardiendo por los siglos de los siglos, es probable que el infierno estГ© vacГ­o, en el infierno a lo mejor no estГЎ ni Judas y considero que serГ­a muy desairado terminar allГ­, bueno, ni terminar siquiera: verme allГ­ ardiendo en la infinita soledad y por la infinita eternidad. Hace ya mГЎs de un mes que el fantasma de la muerte se mea todas las noches por el tubo de la chimenea de mi alcoba, se conoce que quiere avisarme con sus histГ©ricas risas, sus malГ©volas amenazas y sus descaradas procacidades. El demonio BelcebГє Seteventos, que era de Seixosmil, en la provincia de Lugo, tenГ­a una paloma torcaz que no ponГ­a huevos de oro, eso son sГіlo algunas gallinas, es del dominio pГєblico que no ponГ­a huevos de oro sino que fabricaba en el intestino peluconas de oro con el busto de Carlos IV muy bien dibujado, todos los primeros lunes de mes expulsaba una por su debido conducto. SegГєn el cardenal TarancГіn, nuestro catolicismo no estГЎ aГєn en condiciones de asimilar el concilio.

No es que las mujeres corrientes, las que pese a todo nos resistimos a morir en el hospital y mirando muy comedida y abyectamente a nuestros verdugos, no tengamos historia, no, lo que sucede es que no queremos contarla, tampoco sabemos, lo dije hace un momento. A mГ­ y a mi marido ya nos quemГі la sangre la familia, a mГ­ y a mi marido va nos crucificaron desnudos y como a san AndrГ©s en una cruz en forma de aspa para que las golondrinas nos descubrieran la tupida y recГіndita vulva y los escocidos testГ­culos inmediatamente y nos los coronaran de espinosas y heridoras flores de cardo, ВЎJesГєs, quГ© disparate!, borra lo de las golondrinas y pon en vez moscas cojoneras, queda mГЎs propio.

Yo me voy a disolver o voy a arder, a lo mejor me voy a desvanecer como un suspiro de humo, eso no se sabe nunca y creo que es mejor ignorarlo, el porvenir es de los ignorantes y los suicidas, tambiГ©n de los negros hipogenitales, de los timidГ­simos lapones y de los enanos lascivos y patizambos, pero a mГ­ no me importa nada el porvenir, es mГЎs, yo no tengo porvenir y tampoco me siento culpable de no tenerlo, a veces pienso lo contrario y entonces me duele la cabeza o me duelen los oГ­dos o las muelas, nunca el estГіmago. A mГ­ me va a acabar confundiendo el demasiado amor que siento por la novedad, sobre todo si acierta a vestirse de luto.

Si se tira una moneda al aire y salen siempre cruces, si salen cruces mil veces seguidas, se puede colegir que esa moneda es falsa o estГЎ endemoniada, Г©sta es la ley de Freyberg a la que se someten las monedas de cobre, de plata y de oro, no las de nГ­quel, que es metal innoble, ni las de bronce de campana, que son escasas, muy escasas, Г©stas hacen excepciГіn y no se rigen por la regla general o ley de Frienberg.

– De Freyberg.

– No, de Frienberg, antes me confundí.

Gardner Publisher Co., a travГ©s de la agente Paula Fields, con la que no me acostГ© porque, a pesar de lo que ella dejГі entrever en determinados cГ­rculos vaticanos, no soy lesbiana, hace va muchos aГ±os que no me hacen gozar las mujeres, fui lesbiana pero ya no lo soy la agente Paula Fields me encarga que escriba los siete sucesos que seГ±alaron la vida de mi marido; a ningГєn marido le pasaron nunca siete sucesos interesantes y reseГ±ables en su vida, una lesiГіn tuberculosa en cada pulmГіn, un metrallazo en el pecho, la cГЎrcel, el exilio, un hijo muerto en accidente nГЎutico, otro hijo muerto de sida sobre un rimero de versos, el asesinato ritual de la propia esposa en la mesa del comedor y con un cuchillo de hoja ancha con punta, filo y contrafilo, un cuchillo no de matar osos o jabalГ­es sino de trinchar alces y renos asados al espetГіn, pero eso no importa, a mГ­ me anticiparon mucho dinero, bueno, mucho dinero para mi exhausta bolsa, la verdad es que no llegГі a los seiscientos mil dГіlares, y aunque al principio lo dudГ©, ahora que ya no me queda mГЎs que un aГ±o escaso de vida, eso es lo que dicen los mГ©dicos a mi marido y a nuestros hijos y nueras, todos crueles y avergonzados, todos ГЎvidos y parГЎsitos, acepto la propuesta y empiezo esta crГіnica desorientada y levemente ortodoxa: todos debemos someternos a las sabias normas dictadas por los comerciantes y los sГ­ndicos.

No sГ© por dГіnde empezar. Mi tГ­a Marianita muriГі en la iglesia de los jesuitas de Juana de Vega durante la novena de la Virgen del Perpetuo Socorro, el quinto dГ­a de la novena, se atragantГі con una almendra garrapiГ±ada y se le cortГі la respiraciГіn de repente, antes hizo unos raros sonidos, unos amargos ronquidos con la garganta, pero nadie le hizo caso porque creГ­an que estaba de broma, mi tГ­a Marianita era muy ocurrente y chistosa, cuando se le parГі el corazГіn y se cayГі al suelo la taparon con un abrigo y esperaron a que terminara la novena.

– ¿Y no se movía?

– ¿Cómo se iba a mover si estaba muerta?

DespuГ©s la llevaron a su casa de la calle del Parrote, mi tГ­a Marianita era amiga de doГ±a Leocadia, la protectora de Javier Perillo, pero mГЎs decente y mГЎs cumplidora del deber.

– ¿Para con Dios y los hombres?


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