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«Los mundos fugitivos», Bob Shaw

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PARTE I — El regreso a Land

CapГ­tulo 1

El solitario astronauta habГ­a caГ­do desde el mismo lГ­mite del espacio, atravesando miles de kilГіmetros de una atmГіsfera cada vez mГЎs densa, en una caГ­da que durГі mГЎs de un dГ­a. En las Гєltimas etapas, el viento empujГі su cuerpo, desplazГЎndolo hacia el extremo oeste de la capital. QuizГЎs por inexperiencia, quizГЎs por el ansia de librarse de la presiГіn de la bolsa de descenso, habГ­a abierto demasiado pronto el paracaГ­das. Г‰ste se desplegГі a unos quince kilГіmetros por encima de la superficie planetaria, y como consecuencia fue impulsado por el aire hasta las regiones escasamente pobladas que quedaban al otro lado del rГ­o Blanco.

Toller Maraquine II, que llevaba ocho dГ­as patrullando por aquella zona, observГі con sus potentes prismГЎticos la mancha de color crema que constituГ­a el paracaГ­das. Era un objeto indefinido, apenas tan brillante como las estrellas diurnas, aparentemente inmГіvil en su sitio, bajo el gran borde curvo del planeta hermano que ocupaba el centro del cielo. El propio desplazamiento de la aeronave de Toller le dificultaba el mantener centrado el paracaГ­das en su campo de visiГіn; sin embargo pudo distinguir una diminuta figura colgada debajo, sintiendo por ello una creciente ansiedad.

ВїQuГ© informaciГіn traerГ­a el astronauta?

El solo hecho de que la expediciГіn durase mГЎs de lo esperado era un buen augurio, en opiniГіn de Toller; en cualquier caso, serГ­a un alivio recoger a aquel hombre y llevarlo hasta Prad.

Patrullar por aquella monГіtona regiГіn, sin nada mГЎs que hacer que responder a los amistosos saludos de los campesinos, era tedioso hasta el lГ­mite, y Toller estaba deseando volver a la ciudad, en donde al menos podrГ­a encontrar una compaГ±Г­a cГЎlida y un vaso de vino decente. Le quedaba tambiГ©n pendiente un asunto sumamente agradable con Hariana, una guapa rubia del Gremio de los Tejedores. La habГ­a perseguido apasionadamente durante varios dГ­as, y cuando le pareciГі que ella estaba a punto de entregarse, le enviaron a aquella fastidiosa misiГіn.

El globo navegaba plГЎcidamente gracias a la brisa del este, precisando sГіlo algГєn empuje ocasional de los motores de propulsiГіn para secundar a la misma velocidad el movimiento lateral del paracaГ­das. A pesar de la sombra proporcionada por la elГ­ptica cГЎmara de gas, el calor se hacГ­a cada vez mГЎs intenso en la plataforma superior, y Toller sabГ­a que los doce hombres que componГ­an la tripulaciГіn estaban tan ansiosos como Г©l de ver terminada la misiГіn. Las camisas color azafrГЎn de los uniformes estaban empapadas de sudor. Su comportamiento era lo mГЎs relajado posible dentro de la obligada observancia de la disciplina de a bordo.

Sesenta metros por debajo de la barquilla se deslizaban silenciosamente los campos estriados de la regiГіn, formando dibujos en franjas que se extendГ­an hasta el horizonte. HabГ­an transcurrido ya cincuenta aГ±os desde la migraciГіn a Overland, y los granjeros kolkorroneses tuvieron tiempo de imponer sus diseГ±os al colorido natural del paisaje. En un planeta sin estaciones, las hierbas comestibles y otros vegetales tendГ­an a ser muy variados, siguiendo cada planta su propio ciclo de maduraciГіn; pero los campesinos las habГ­an seleccionado cuidadosamente en grupos sincrГіnicos para obtener las seis cosechas al aГ±o tradicionales del Viejo Mundo desde el comienzo de la historia. Cada campo de cereales presentaba sus propias variaciones lineales de color, desde los suaves verdes de los brotes jГіvenes hasta el dorado a punto de la cosecha y el marrГіn negro de la tierra reciГ©n arada.

—Hay otra nave más al sur de nosotros, señor —gritó Niskodar, el piloto—. A la misma altitud o un poco más arriba. A unos tres kilómetros.

Toller localizó la nave —una veta oscura en el brumoso horizonte púrpura— y desvió los prismáticos hacia ella. La imagen ampliada mostraba las insignias azules y amarillas del Servicio del Espacio, hecho que causó cierta sorpresa en Toller. En los ocho días anteriores había divisado varias veces la nave, que patrullaba el sector sur adyacente al suyo, pero siempre cada una en el límite de su zona, y los contactos visuales habían sido fugaces. Ahora había penetrado en el territorio asignado a Toller y, según parecía, se acercaba dispuesta a interceptar la caída del paracaidista.

—Coge el luminógrafo —dijo al teniente Feer, que estaba en el puente junto a él—. Envía mis saludos al comandante de esa nave y aconséjale que desvíe su rumbo. Desempeño una misión para la Reina y no toleraré interferencias ni obstrucciones.

—Sí, señor —replicó Feer de inmediato, obviamente complacido de que aquel incidente supusiese una novedad en el antedía.

AbriГі una caja y sacГі el luminГіgrafo, que era de los mГЎs ligeros, de diseГ±o reciente, con tablillas de espejo plateado en lugar de las convencionales estructuras de vidrio insertadas. Feer apuntГі el instrumento, manipulГі el disparador y se produjo un ruidoso castaГ±eteo. Durante un minuto no llegГі ninguna respuesta; despuГ©s una diminuta luz comenzГі a parpadear rГЎpidamente en la nave distante.

Buen antedГ­a, capitГЎn Maraquine, decГ­a el mensaje. La condesa Vantara le devuelve sus saludos. Ha decidido tomar personalmente el mando de esta misiГіn; en consecuencia se le ordena que vuelva a Prad de inmediato.

Toller se tragГі las maldiciones de rabia que le inspirГі aquel mensaje. No conocГ­a personalmente a la condesa Vantara, pero sabГ­a que ademГЎs de ostentar el rango de capitГЎn del Espacio, era nieta de la Reina, y que habitualmente utilizaba su parentesco real para abusar de su autoridad. Otros comandantes enfrentados a una situaciГіn similar se habrГ­an retirado, quizГЎs tras una protesta simbГіlica, por temor a perjudicar sus carreras; pero Toller era por naturaleza incapaz de aceptar lo que para Г©l constituГ­a un insulto. Su mano se fue instintivamente a la empuГ±adura de la espada que en otra Г©poca habГ­a pertenecido a su abuelo, y mirГі con el ceГ±o fruncido hacia la nave intrusa, mientras pensaba una respuesta para el imperioso mensaje de la condesa.

—Señor, ¿desea reconocer el mensaje?

Las maneras del teniente Feer eran absolutamente correctas, pero un cierto brillo en sus ojos demostrГі que disfrutaba viendo a Toller enfrentado a una peligrosa decisiГіn. Aunque su rango era inferior, en edad le superaba, y suscribГ­a con casi total convencimiento la opiniГіn general de que Toller habГ­a logrado prematuramente su puesto de capitГЎn merced a la influencia de su familia. Era evidente que la perspectiva de presenciar un duelo entre dos privilegiados tenГ­a un fuerte atractivo para Г©l.

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