Главная АвторыЖанрыО проекте
 
 

«Los que vivimos», Ayn Rand

Найти другие книги автора/авторов: ,
Иллюстрация к книге

TГ­tulo del original inglГ©s, We the living

TraducciГіn, Fernando Acevedo Cubierta, Cobos

Primera parte

CapГ­tulo primero

Petrogrado olГ­a a ГЎcido fГ©nico.

Una bandera de un rosa grisГЎceo, que en otro tiempo habГ­a sido roja, ondeaba en medio del armazГіn de hierro. Altas vigas se elevaban hasta un techo de claraboyas, gris como el mismo hierro a causa del polvo acumulado durante tantos aГ±os. En algunos puntos la claraboya estaba rota, horadada por golpes ya olvidados, y las agudas aristas se erguГ­an sobre un cielo tan gris como la claraboya. La bandera terminaba, por abajo, en una franja de telaraГ±as, debajo de la cual figuraba un gran reloj de estaciГіn de ferrocarril, con sus nГєmeros negros sobre un cuadrante amarillo sin cristal. Debajo del reloj, un montГіn de caras pГЎlidas y de gabanes grasientos aguardaba el tren.

Kira Argounova entraba en Petrogrado erguida, inmГіvil, de pie junto a la puerta de un vagГіn de ganado con la elegante indiferencia del viajero de un trasatlГЎntico de lujo. Llevaba un viejo vestido de color azul turquГ­, sus finas piernas bronceadas estaban desnudas, un raГ­do paГ±uelo de seda le ceГ±Г­a el cuello y un gorro de punto con una borla amarilla clara le protegГ­a los cabellos. Su boca era serena, sus ojos ligeramente dilatados, su mirada incrГ©dula, arrobada por la solemne espera, como la de un guerrero que va a entrar en una ciudad extranjera y no sabe todavГ­a si va a hacerlo como conquistador o como prisionero.

Los vagones que iban entrando bajo la cubierta rebosaban de seres humanos y de fardos: fardos envueltos en sГЎbanas, periГіdicos, sacos de harina, seres humanos enfardados en abrigos y chales harapientos. Los fardos, que habГ­an servido de camas, habГ­an perdido toda forma, y el polvo habГ­a surcado la piel ГЎrida y agrietada de rostros que habГ­an perdido toda expresiГіn.

Lentamente, como cansado, el tren se detuvo. La Гєltima parada de un largo viaje a travГ©s de las devastadoras llanuras de Rusia. Se habГ­an necesitado dos semanas para un viaje de tres dГ­as desde Crimea a Petrogrado. En 1922 los ferrocarriles, como todo lo demГЎs, estaban por organizar. La guerra civil habГ­a terminado y se habГ­an borrado los Гєltimos vestigios del EjГ©rcito Blanco. Pero la mano del RГ©gimen Rojo que gobernaba el paГ­s habГ­a olvidado las redes ferroviarias y los hilos del telГ©grafo. Debido a la absoluta falta de indicaciones y de horarios nadie sabГ­a cuГЎndo saldrГ­a un tren ni cuГЎndo debГ­a llegar. Y sГіlo la vaga noticia de una llegada posible bastaba para atraer a todas las estaciones de la lГ­nea una multitud de viajeros ansiosos. Durante horas y aun durante dГ­as enteros aguardaban sin atreverse a dejar el lugar donde, dentro de un minuto o de una semana, podГ­a aparecer el tren. El sucio pavimento de las salas de espera estaba impregnado de olor a humanidad: sobre los fardos echados por el suelo estaban tendidos los cuerpos de los viajeros adormecidos. Para engaГ±ar el hambre, se masticaban pacientemente duros mendrugos de pan y semillas de girasol; por espacio de semanas enteras, la gente no se mudaba la ropa. Cuando, por fin, gimiendo y jadeando, llegaba el tren, era asaltado ferozmente, a la desesperada, con los puГ±os y con los pies. La gente se agarraba como ostras a los estribos, a los topes, a los techos de los vagones. En su afГЎn por subir perdГ­a el equipaje e incluso los hijos. Y el tren, sin el menor aviso, sin que sonase ni una campana, arrancaba de un momento a otro llevГЎndose a los que habГ­an logrado subir a Г©l.

Kira Argounova no habГ­a iniciado el viaje en un vagГіn de ganado. Al principio habГ­a conquistado un buen sitio; la mesita bajo la ventana de un coche de tercera clase. La mesita era el lugar mГЎs destacado del compartimiento y Kira el punto de mira de la atenciГіn general. Un joven oficial de los soviets consideraba apreciativamente la lГ­nea de su cuerpo que se dibujaba sobre el fondo claro de la ventana sin cristal: una gruesa seГ±ora cubierta de pieles observaba indignada la actitud desafiadora de aquella muchacha que hacГ­a pensar en una bailarina de cafГ© concierto empinada en el taburete de un bar entre copas de champaГ±a; sin embargo, la bailarina tenГ­a un rostro tan severo y arrogante que tal vez -pensГі la seГ±ora- parecГ­a mejor estar sobre un pedestal que sobre una mesa de cafГ© concierto. Durante largas millas, los viajeros de aquel coche habГ­an visto desfilar ante sus ojos los campos y las llanuras de Rusia, como fondo a un altivo perfil que se destacaba de una masa de negros cabellos que el viento se llevaba hacia atrГЎs, dejando libre una despejada frente.

Por falta de espacio, los pies de Kira reposaban sobre las rodillas de su padre. Alexander Dimitrievitch Argounov, fatigado, acurrucado en su rincГіn, con las manos cruzadas sobre el estГіmago, semicerrados los ojos hinchados y enrojecidos, dormitaba, y sГіlo de vez en cuando se desvelaba con un suspiro, al darse cuenta de que tenГ­a la boca abierta y caГ­da.

Llevaba un gabГЎn remendado de color caqui, altas botas de campesino con tacones gastados y una camisa de tela gruesa que, del revГ©s, llevaba todavГ­a impresas las palabras "Patatas de Ucrania". Este no era un disfraz intencionado, sino todo cuanto poseГ­a Alexander Dimitrievitch. Y aun asГ­, Г©ste estaba mГЎs preocupado por el temor de que alguien se diera cuenta de que la montura de sus gafas era de oro autГ©ntico.

Apoyado en su brazo, Galina Petrovna, su esposa, se esforzaba en mantener erguido el cuerpo y el libro a la altura de la nariz. En la lucha por un sitio, cuando sus esfuerzos hubieron conquistado para la familia la subida a aquel coche, habГ­a podido salvar el libro, pero habГ­a perdido todas las horquillas. Y ahora se afanaba en ocultar a sus compaГ±eros de viaje que el libro que leГ­a era un libro francГ©s. De vez en cuando, su pie se movГ­a cautamente para asegurarse de que el mГЎs precioso de sus fardos, el que iba envuelto en un mantel bordado de crucecitas, seguГ­a en su lugar. AllГ­ iba cuanto le quedaba de sus trajes de encaje a mano comprados en Viena antes de la guerra, y la vajilla de plata con las iniciales de la familia Argounov. Y ahora, a pesar de su indignaciГіn, aquel fardo servГ­a de almohada a un soldado que dormГ­a y roncaba debajo del banco, mientras sus botas asomaban por el pasillo. Lidia, la mayor de las hijas Argounov, tambiГ©n sentada sobre un fardo, no habГ­a tenido mГЎs remedio que quedarse en el referido pasillo, junto a las botas mencionadas, pero se habГ­a impuesto el deber de dar a entender a sus compaГ±eros de viaje que no estaba acostumbrada a viajar de aquella manera. La joven Lidia no se resignaba a abolir ningГєn signo exterior de superioridad social. En este momento ostentaba tres: una corbata de encaje dorado y ennegrecido sobre un traje de deslucido terciopelo negro, un par de guantes de seda meticulosamente remendados y un frasco de agua de colonia con que, de tarde en tarde, se frotaba las bien cuidadas manos, para volver a esconderlo rГЎpidamente ante la oblicua mirada de amonestaciГіn que desde el otro lado de su novela francesa le dirigГ­a su madre.

Cuatro aГ±os habГ­an pasado desde el momento en que la familia Argounov habГ­a salido de Petrogrado. Cuatro aГ±os desde que la fГЎbrica de tejidos que poseГ­a en los arrabales de la ciudad habГ­a sido confiscada en nombre del pueblo. Y en nombre del pueblo las bancas habГ­an sido declaradas propiedad nacional, abiertas y vaciadas las cajas de seguridad de los Argounov, y el centelleante collar de rubГ­es y brillantes de que tanto se habГ­a enorgullecido Galina Petrovna en sus esplГ©ndidos salones de baile y que guardaba tan cuidadosamente, habГ­a pasado a manos desconocidas, desapareciendo para siempre.

En los dГ­as en que se cernГ­a sobre la ciudad la sombra de un temor cada vez mayor y sin nombre, pesada como una niebla, en las oscuras esquinas de las calles en que espantosos tiroteos rasgaban el silencio de la noche, haciendo saltar los guijarros y rompiendo con siniestro estrГ©pito los cristales de los escaparates en aquellos dГ­as en que las personas pertenecientes al cГ­rculo de relaciones de los Argounov desaparecГ­an como copos de nieve al contacto de la llama, la familia, reunida en la antecГЎmara de su grande y granГ­tica residencia, con una considerable suma de dinero en el arca de caudales, algunas joyas y un terror que cada campanillazo reavivaba, no encontrГі otra soluciГіn mejor que la fuga. Por aquellos dГ­as habГ­a terminado ya, en Petrogrado, el estrГ©pito de la revoluciГіn; la ciudad se habГ­a resignado desesperadamente a la victoria roja; pero en el sur de Rusia roncaba todavГ­a la guerra civil. El sur estaba en manos del EjГ©rcito Blanco, aquel ejГ©rcito que, esparcido por todo el vasto paГ­s, en ignorados pueblos separados por millas y millas de lГ­neas fГ©rreas inutilizadas, combatГ­a haciendo ondear sus banderas tricolores, con un concepto confuso e inquieto del enemigo y ningГєn concepto real de su importancia.

Abandonado Petrogrado, los Argounov se dirigieron a Crimea. AllГ­ debГ­an aguardar que la capital quedase liberada del yugo rojo. Tras de sГ­ dejaban salones en cuyos altos espejos se reflejaban araГ±as de resplandeciente cristal, pieles perfumadas y caballos excelentemente adiestrados, anchos ventanales que se abrГ­an a una calle de bellos e imponentes edificios, la calle Kamenostrovsky, en el barrio elegante de la capital. Pasaron cuatro aГ±os en barracas llenas de gente, donde los cortantes vientos de Crimea se filtraban a travГ©s de las paredes de piedra porosa; cuatro aГ±os de tГ© con sacarina; de cebollas fritas en aceite de linaza, de bombardeos nocturnos y de siniestros amaneceres, cuando Гєnicamente la bandera roja o la tricolor en las calles indicaban a quГ© manos habГ­a pasado la ciudad.

Por seis veces alternaron las banderas en Crimea; pero el aГ±o 1921 vio el final de la lucha. Desde las orillas del mar Blanco a las del mar Negro, desde los confines de Polonia hasta los rГ­os amarillos de la China, la bandera roja fue izada en triunfo a los acordes de La Internacional y al estruendo de las puertas del mundo que se cerraban para Rusia.

Los Argounov habГ­an salido de Petrogrado en otoГ±o, serenos, casi alegres. Su viaje les parecГ­a una molestia, pero creГ­an que iba a durar poco. Pensaban estar de vuelta en primavera, y Galina Petrovna no habГ­a permitido que Alexander Dimitrievitch se llevase el abrigo de pieles.

– ¿Pues qué? ¿Crees que esto va a durar un año? -decía riéndose del gobierno de los soviets.

No habГ­an estado fuera un aГ±o, sino cinco. En 1922, con sorda resignaciГіn, la familia habГ­a emprendido el viaje de regreso a Petrogrado, para volver a empezar la vida, si era posible. Una vez en el tren, a los primeros chirridos de las ruedas, a las sacudidas del coche, los Argounov se miraron en silencio unos a otros. Galina Petrovna pensaba en el palacio de la calle Kamenostrovsky y se preguntaba si volverГ­a a poseerlo jamГЎs; Lidia volvГ­a a ver con el pensamiento la antigua iglesia donde, de niГ±a, se habГ­a arrodillado en todas las Pascuas y experimentaba un insistente deseo de visitarla en cuanto llegase a Petrogrado; Alexander Dimitrievitch no pensaba; Kira se acordaba de golpe de que cuando iba al teatro, su momento preferido era aquel en que, apagadas ya las luces, el telГіn ondeaba antes de levantarse, y se preguntaba maravillada el por quГ© de este recuerdo. La mesita en que Kira estaba sentada se apoyaba en dos bancos de madera; diez cabezas se veГ­an unas frente a otras como dos paredes rГ­gidas y hostiles que se moviesen segГєn el ritmo del tren, que corrГ­a a saltos; diez puntos blancos y polvorientos en la penumbra; Alexander Dimitrievitch y el leve reflejo de sus gafas de oro, Galina Petrovna con el rostro mГЎs blanco que las blancas pГЎginas de su libro, un joven oficial soviГ©tico y el rГЎpido centelleo de la luz sobre su bolsa nueva de cuero, un campesino barbudo envuelto en una maloliente pelliza y que se rascaba sin ningГєn reparo. Una mujer extenuada, de caГ­dos pechos, que a cada momento estaba contando con gran afГЎn sus paquetes y sus criaturas. Frente a Г©stos, dos niГ±os descalzos y despeinados, un soldado con la cabeza inclinada y las alpargatas apoyadas sobre la maleta de cocodrilo de la gruesa dama en abrigo de pieles. Esta era la Гєnica viajera que poseГ­a una maleta y unas mejillas llenas y rosadas, que resaltaban todavГ­a mГЎs por contraste con las flacas y pecosas de una mujeruca de aspecto malhumorado que llevaba una chaqueta de hombre y un paГ±uelo y tenГ­a unos dientes feГ­simos.

Еще несколько книг в жанре «Современная проза»

Дьяволиада, Михаил Булгаков Читать →