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«El Sol De Breda», Arturo PГ©rez-Reverte

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Luego empezГі el saqueo. SegГєn la vieja usanza militar, en las ciudades que no se rendГ­an con la debida estipulaciГіn o que eran tomadas por asalto, los vencedores podГ­an entrar a saco; que con la codicia del botГ­n, cada soldado valГ­a por diez y juraba por ciento. Y como Oudkerk no se habГ­a rendido -al gobernador hereje lo mataron de un pistoletazo en los primeros momentos, y al burgomaestre lo estaban ahorcando en ese mismo instante a la puerta de su casa- y ademГЎs el pueblo habГ­a sido tomado, dicho en plata, a puros huevos, no fue preciso que nadie ordenase trГЎmite para que los espaГ±oles entrГЎramos en las casas que estimamos convenientes, que fueron todas, y arramblГЎramos con aquello que nos plugo. Lo que dio lugar, imagГ­nense, a escenas penosas; pues los burgueses de Flandes, como los de todas partes, suelen ser reacios a verse despojados de su ajuar, y a muchos hubo que convencerlos a punta de espada. De modo que al rato las calles estaban llenas de soldados que iban y venГ­an cargados con los mГЎs variopintos objetos, entre el humo de los incendios, los cortinajes pisOteados, los muebles hechos astillas y los cadГЎveres, muchos descalzos o desnudos, cuya sangre formaba charcos oscuros sobre el empedrado. Sangre en la que resbalaban los soldados y que era lamida por los perros. AsГ­ que pueden vuestras mercedes imaginarse el cuadro.

No hubo violencia con las mujeres, al menos tolerada. Ni tampoco embriaguez en la tropa; que a menudo, hasta en los soldados de mГЎs disciplina, Г©sta suele aparejar aquГ©lla. Las Гіrdenes en tal sentido eran tajantes como filo de toledana, pues nuestro general en jefe, don Ambrosio SpГ­nola, no querГ­a indisponerse aГєn mГЎs con la poblaciГіn local, que bastante tenГ­a con verse acuchillada y saqueada como para que encima le forzasen a las legГ­timas. AsГ­ que en vГ­speras del ataque, para poner las cosas en su sitio y por aquello de mГЎs vale un por si acaso que un quiГ©n lo dirГ­a, ahorcГіse a dos o tres soldados convictos, propensos a los delitos de faldas. Que ninguna bandera o compaГ±Г­a es perfecta; e incluso en la de Cristo, que fue como Г©l mismo se la quiso reclutar, hubo uno que lo vendiГі, otro que lo negГі y otro que no lo creyГі. El caso es que, en Oudkerk, el escarmiento preventivo fue mano de santo; y salvo algГєn caso de violencia aislada -al dГ­a siguiente hubo otra sumarisima ejecuciГіn ad hoc-, inevitable donde hay que vГ©rselas con mГ­lites vencedores y ebrios de botГ­n, la virtud de las flamencas, fuera la que fuese, pudo mantenerse intacta. De momento.

El Ayuntamiento ardГ­a hasta la veleta. Yo iba con Jaime Correas, muy contentos ambos por haber salvado la piel en la puerta del baluarte y por haber desempeГ±ado a satisfacciГіn de todos, salvo por supuesto de los holandeses, la misiГіn confiada. En mis alforjas, recuperadas tras el combate y aГєn tintas en sangre fresca del holandГ©s del bigote rubio, habГ­amos metido cuantas cosas de valor pudimos encontrar: cubiertos de plata, algunas monedas de oro, una cadena que le quitamos al cadГЎver de un burguГ©s, y un par de jarras de peltre nuevas y magnГ­ficas. Mi compaГ±ero se tocaba con un hermoso morriГіn adornado con plumas, que habГ­a pertenecido a un Г­nglГ©s que ya no tenГ­a cabeza donde lucirlo, y yo me pavoneaba con un buen jubГіn de terciopelo rojo, pasado de plata, obtenido en una casa abandonada por la que habГ­amos zascandileado a nuestro antojo. Jaime era como yo mochilero, o sea, ayudante o paje de soldado; y juntos habГ­amos vivido suficientes fatigas y penurias para considerarnos buenos camaradas. A Jaime el botГ­n y el Г©xito de la peripecia en el puente levadizo, que nuestro capitГЎn de bandera, don Carmelo Bragado, habГ­a prometido recompensar si salГ­a bien, le consolaba del disfraz de joven campesina que habГ­amos echado a suertes y que aГєn lo tenГ­a algo corrido. En cuanto a mГ­, que a esas alturas de mi aventura flamenca ya habГ­a decidido ser soldado cuando cumpliese la edad reglamentaria, todo aquello me sumГ­a en una especie de vГ©rtigo, de ebriedad juvenil con sabor a pГіlvora, gloria, exaltaciГіn y aventura. AsГ­ es, voto a Cristo, como llega a verse la guerra con la edad de los versos de un soneto, cuando la diosa Fortuna hace que no deba oficiar uno de vГ­ctima -Flandes no era mi tierra, ni mi gente- sino de testigo. Y a veces, tambiГ©n, de precoz verdugo. Pero ya dije a vuestras mercedes en otra ocasiГіn que aquГ©llos eran tiempos en que la vida, incluso la de uno mismo, valГ­a menos que el acero que se empleaba en quitarla. Tiempos difГ­ciles y crueles. Tiempos duros.

Contaba que llegamos a la plaza del Ayuntamiento y nos quedamos allГ­ un poco, fascinados por el incendio y los cadГЎveres ingleses -muchos eran rubios o rojizos y pecosos- desnudos y amontonados junto a las puertas. De vez en cuando nos cruzГЎbamos con espaГ±oles cargados de botГ­n, o con grupos de atemorizados holandeses que miraban desde los soportales de la plaza, agrupados como rebaГ±os bajo la vigilancia de nuestros camaradas armados hasta los dientes. Fuimos a echar un vistazo. HabГ­a mujeres, ancianos y niГ±os, y pocos varones adultos. Recuerdo algГєn mozo de nuestra edad que nos miraba entre sombrГ­o y curioso, y tambiГ©n mujeres de tez pГЎlida y ojos muy abiertos bajo las tocas blancas y las trenzas rubias; ojos claros que observaban llenos de pavor a los soldados cetrinos, de piel tostada y menos altos que sus hombres flamencos, pero con poblados bigotazos, barba cerrada y fuertes piernas, que por allГ­ andaban mosquete al hombro, espada en mano, revestidos de cuero y metal, tiznados de mugre, sangre, barro del dique y humo de pГіlvora. Nunca olvidarГ© el modo en que aquellas gentes nos miraban a nosotros, los espaГ±oles, allГ­ en Oudkerk como en tantos otros lugares; la mezcla de sentimientos, odio y temor, cuando nos veГ­an llegar a sus ciudades, desfilar ante sus casas cubiertos por el polvo del camino, erizados de hierro y vestidos de andrajos, aГєn mГЎs peligrosos callados que vociferantes. Orgullosos hasta en la miseria, como la Soldadesca de BartolomГ© Torres Naharro:

Mal por mal,

en la guerra, voto a tal,

valen al hombre sus manos

y nunca falta un real.

Г‰ramos la fiel infanterГ­a del rey catГіlico. Voluntarios todos en busca de fortuna o de gloria, gente de honra y tambiГ©n a menudo escoria de las EspaГ±as, chusma propensa al motГ­n, que sГіlo mostraba una disciplina de hierro, impecable, cuando estaba bajo el fuego enemigo. ImpГЎvidos y terribles hasta en la derrota, los tercios espaГ±oles, seminario de los mejores soldados que durante dos siglos habГ­a dado Europa, encarnaron la mГЎs eficaz mГЎquina militar que nadie mandГі nunca sobre un campo de batalla. Aunque en ese tiempo, acabada la era de los grandes asaltos, con la artillerГ­a imponiГ©ndose y la guerra de Flandes convertida en lentos asedios de minas y trincheras, nuestra infanterГ­a ya no fuera la esplГ©ndida milicia en la que fiaba el gran Felipe II cuando escribiГі aquella famosa carta a su embajador ante el papa:

В«Yo no pienso ni quiero ser seГ±or de herejes. Y si no se puede remediar todo, como deseo, sin venir a las armas, estoy determinado a tomarlas sin que me pueda impedir mi peligro, ni la ruina de aquellos paГ­ses, ni la de todos los demГЎs que me quedan, a que no haga lo que un prГ­ncipe cristiano y temeroso de Dios debe hacer en servicio suyo.В»

Y asГ­ fue, pardiez. Tras largas dГ©cadas de reГ±ir con medio mundo, sin sacar de todo aquello mГЎs que los pies frГ­os y la cabeza caliente, muy pronto a EspaГ±a no le quedarГ­a sino ver morir a sus tercios en campos de batalla como el de Rocroi. Y fieles a su reputaciГіn a falta de otra cosa, taciturnos e impasibles, con las filas convertidas en aquellas torres y murallas humanas de las que hablГі con admiraciГіn el francГ©s Bossuet. Pero, eso sГ­, hasta el final los jodimos a todos bien.

Incluso aunque nuestros hombres y sus generales distaban de ser los mismos que cuando el duque de Alba y Alejandro Farnesio, los soldados espaГ±oles continuaron siendo por algГєn tiempo la pesadilla de Europa; los mismos que habГ­an capturado a un rey francГ©s en PavГ­a, vencido en San QuintГ­n, saqueado Roma y Amberes, tomado Amiens y Ostende, matado diez mil enemigos en el asalto de jemmigen, ocho mil en Maastrich y nueve mil en la Esclusa peleando al arma blanca con el agua hasta la cintura. Г‰ramos la ira de Dios. Y bastaba echarnos un vistazo para entender por quГ©: hueste hosca y ruda venida de las resecas tierras del sur, peleando ahora en tierras extranjeras, hostiles, donde no habГ­a retirada posible y derrota equivalГ­a a aniquilamiento. Hombres empujados unos por la miseria y el hambre que pretendГ­an dejar atrГЎs, y otros por la ambiciГіn de hacienda, fortuna y gloria, y a quienes bien podГ­a aplicarse la canciГіn del gentil mancebo de Don Quijote:

A la guerra me lleva

mi necesidad;

si tuviera dineros

no irГ­a en verdad.

O aquellos otros antiguos y elocuentes versos:

Por necesidad batallo;

y una vez puesto en la silla,

se va ensanchando Castilla

delante de mi caballo.

En fin. El caso es que allГ­ estГЎbamos todavГ­a y aГєn estuvimos algunos aГ±os mГЎs, ensanchando Castilla a filo de espada o como Dios y el diablo nos daban a entender, en Oudkerk. La bandera de nuestra compaГ±Г­a estaba puesta en el balcГіn de una casa de la plaza, y mi camarada Jaime Correas, que era mochilero de la escuadra del alfГ©rez Coto, se llegГі hasta allГ­ en busca de su gente. Yo anduve todavГ­a un trecho, apartГЎndome un poco de la fachada principal del Ayuntamiento para eludir el terrible calor del incendio, y al rodear el edificio vi que dos individuos amontonaban en el exterior libros y legajos que sacaban apresuradamente por una puerta. Aquello tenГ­a menos visos de pillaje -raro era que en pleno saco alguien se ocupara de conseguir libros- que de rescate obligado por el incendio; de modo que lleguГ©me a echar un vistazo. Pues tal vez recuerden vuestras mercedes que yo estaba familiarizado con la letra impresa desde mis tiempos en la Villa y Corte de las EspaГ±as, debido a la amistad de don Francisco de Quevedo -que me habГ­a regalado un Plutarco-, a las lecciones de latГ­n y gramГЎtica del DГіmine PГ©rez, a mi gusto por el teatro de Lope y al hГЎbito de leer que tenГ­a, cuando contaba con quГ©, mi amo el capitГЎn Alatriste.

Uno de los que sacaban libros y los amontonaban en la calle era un holandГ©s de cierta edad, con el pelo largo y blanco. VestГ­a de negro, como los pastores de allГ­, con una valona sucia y medias grises; aunque no parecГ­a su oficio el de religioso, si como tal puede llamarse a la prГ©dica de las doctrinas del hereje Calvino, al que mal rayo parta en el infierno o donde diablos se cueza, el hideputa. Al cabo supuse que era un secretario o funcionario municipal, que intentaba salvar los libros del incendio. HabrГ­a seguido de largo de no llamarme la atenciГіn que el otro individuo, que en ese momento salГ­a entre la humareda de la puerta con los brazos cargados de libros, llevase la banda roja de los soldados espaГ±oles. Era un hombre joven, sin sombrero, y tenГ­a el rostro cubierto de sudor y ennegrecido, como si ya hubiera hecho muchos viajes al fondo del fogГіn en que se habГ­a convertido el edificio. Del tahalГ­ le pendГ­a una espada y calzaba botas altas, negras por los escombros y los tizones, y no parecГ­a dar importancia a la manga humeante de su jubГіn, que ardГ­a despacio, sin llama; ni siquiera cuando, reparando por fin en ella al dejar la brazada de libros en el suelo, la apagГі con un par de distraГ­dos manotazos. En ese momento alzГі la vista y reparГі en mГ­. TenГ­a un rostro delgado, anguloso, con bigote castaГ±o, aГєn poco espeso, que se prolongaba en una perilla bajo el labio inferior. Le calculГ© de veinte a veinticinco aГ±os.

– Podrías echar una mano -gruñó, al advertir la descolorida aspa roja que yo llevaba cosida al jubón-. En vez de estarte ahí como un pasmarote.

Luego mirГі alrededor, hacia los soportales de la plaza desde donde algunas mujeres y niГ±os contemplaban la escena, y se secГі el sudor de la cara con la manga chamuscada.

– Por Dios -dijo- que me abraso de sed.

Y volviГіse a meter adentro en busca de mГЎs libros, con el fulano vestido de negro. Tras pensarlo un instante, resolvГ­ echar una carrera rГЎpida hasta la casa mГЎs prГіxima, en cuya puerta destrozada y fuera de los goznes curioseaba una amedrentada familia holandesa.

– Drinken -dije mostrándoles mis dos jarras de peltre, acompañado el gesto de beber con el de apoyar una mano en el mango de ¡ni daga. Los holandeses entendieron palabra y gestos, pues al momento llenaron de agua las jarras y pude volver con ellas hasta el lugar donde los dos hombres seguían apilando libros. Al reparar en las jarras las despacharon de un solo trago, con verdadera ansia. Y y antes de volver a meterse en la humareda el español volvióse a mí de nuevo.


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