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«El Sol De Breda», Arturo PГ©rez-Reverte

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Las Aventuras del CapitГЎn Alatriste, 3

Cubierta posterior del libro

«Al lento batir de los tambores, las primeras filas de españoles movíanse hacia adelante, y Diego Alatriste avanzaba con ellas, codo a codo con sus camaradas, ordenados y soberbios como si desfilaran ante el propio rey. Los mismos hombres amotinados días antes por sus pagas iban ahora dientes prietos, mostachos enhiestos y cerradas barbas, andrajos cubiertos por cuero engrasado y armas relucientes, fijos los ojos en el enemigo, impávidos y terribles, dejando tras de sí la humareda de sus cuerdas de arcabuz encendidas»… Flandes, 1625. Alistado como mochilero del capitán Alatriste en los tercios viejos que asedian Breda, Íñigo Balboa es testigo excepcional de la rendición de la ciudad, cuyos pormenores narrará diez años más tarde para un cuadro famoso de su amigo Diego Velázquez. Siguiendo a su amo por el paisaje pintado al fondo de ese cuadro, al otro lado del bosque de lanzas, veremos a íñigo empuñar por primera vez la espada y el arcabuz, peleando por su vida y la de sus amigos. Estocadas, asaltos, batallas, desafíos, encamisadas, saqueos y motines de la infantería española, jalonarán su camino a través de un mundo devastado por el invierno y por la guerra.

Solapa anterior del libro

Arturo PГ©rez-Reverte (Cartagena, 1951) fue reportero de guerra durante veintiГєn aГ±os y es autor, entre otras novelas, de El hГєsar, El club Dumas, Territorio comanche y La piel del tambor. El Г©xito de sus novelas sobre las aventuras del capitГЎn Alatriste, cuya publicaciГіn comenzГі en 1996, constituye un acontecimiento literario sin precedentes en EspaГ±a. El sol de Breda es el tercer volumen de la serie.

A Jean Schalekamp,

maldito hereje,

traductor y amigo.

Pasa una tropa de soldados rudos:

al hombro el arma, recios y barbudos,

tras de su jefe por la senda van.

CapitГЎn espaГ±ol que fuiste a Flandes,

y a MГ©jico, y a Italia, y a los Andes,

Вїen quГ© empresas aГєn sueГ±as, capitГЎn?

C. S. del RГ­o.

La Esfera.

 

I. EL GOLPE DE MANO.

Voto a Dios que los canales holandeses son hГєmedos en los amaneceres de otoГ±o. En alguna parte sobre la cortina de niebla que velaba el dique, un sol impreciso iluminaba apenas las siluetas que se movГ­an a lo largo del camino, en direcciГіn a la ciudad que abrГ­a sus puertas para el mercado de la maГ±ana. Era aquel sol un astro invisible, frГ­o, calvinista y hereje, sin duda indigno de su nombre: una luz sucia, gris, entre la que se movГ­an carretas de bueyes, campesinos con cestas de hortalizas, mujeres de tocas blancas con quesos y cГЎntaros de leche.

Yo caminaba despacio entre la bruma, con mis alforjas colgadas al hombro y los dientes apretados para que no castaГ±eteasen de frГ­o. EchГ© un vistazo al terraplГ©n del dique, donde la niebla se fundГ­a con el agua, y no vi mГЎs que trazos difusos de juncos, hierba y ГЎrboles. Cierto es que por un momento creГ­ distinguir un reflejo metГЎlico casi mate, como de morriГіn o coraza, o tal vez acero desnudo; pero fue sГіlo un instante, y luego el vaho hГєmedo que ascendГ­a del canal vino a cubrirlo de nuevo. La joven que caminaba a mi lado hubo de verlo tambiГ©n, pues me dirigiГі una ojeada inquieta entre los pliegues de la toquilla que le cubrГ­a cabeza y rostro, y luego mirГі a los centinelas holandeses que, con peto, casco y alabarda, ya se recortaban, gris oscuro sobre gris, en la puerta exterior de la muralla, junto al puente levadizo.

La ciudad, que no era sino un pueblo grande, se llamaba Oudkerk y estaba en la confluencia del canal Ooster, el rГ­o Merck y el delta del Mosa, que los flamencos llaman Maas. Su importancia era mГЎs milГ­tar que de otro orden, pues controlaba el acceso al canal por donde los rebeldes herejes enviaban socorros a sus compatriotas asediados en Breda, que distaba tres leguas. La guarnecГ­an una milicia ciudadana y dos compaГ±Г­as regulares, una de ellas inglesa. AdemГЎs, las fortificaciones eran sГіlidas; y la puerta principal, protegida por baluarte, foso y puente levadizo, resultaba imposible de tomar por las buenas. Precisamente por eso, aquel amanecer yo me encontraba allГ­.

Supongo que me habrГЎn reconocido. Me llamo ГЌГ±igo Balboa, por la Г©poca de lo que cuento mediaba catorce aГ±os, y sin que nadie lo tome por presunciГіn puedo decir que, si veterano sale el bien acuchillado, yo era, pese a mi juventud, perito en ese arte. DespuГ©s de azarosos lances que tuvieron por escenario el Madrid de nuestro rey don Felipe Cuarto, donde vime obligado a empuГ±ar la pistola y el acero, y tambiГ©n a un paso de la hoguera, los Гєltimos doce meses habГ­alos pasado junto a mi amo, el capitГЎn Alatriste, en el ejГ©rcito de Flandes; luego que el tercio viejo de Cartagena, tras viajar por mar hasta GГ©nova, subiera por MilГЎn y el llamado Camino EspaГ±ol hasta la zona de guerra con las provincias rebeldes. AllГ­, la guerra, lejos ya la Г©poca de los grandes capitanes, los grandes asaltos y los grandes botines, se habГ­a convertido en una suerte de juego de ajedrez largo y tedioso, donde las plazas fuertes eran asediadas y cambiaban de manos una y otra vez, y donde a menudo contaba menos el valor que la paciencia.

En tales episodios andaba yo aquel amanecer entre la niebla yendo como si tal cosa hacia los centinelas holandeses y la puerta de Oudkerk, junto a la joven que se cubrГ­a el rostro con una toquilla, rodeado de campesinos, gansos, bueyes y carretas. Y asГ­ anduve un trecho, incluso despuГ©s de que uno de los campesinos, un tipo tal vez excesivamente moreno para tal paisaje y paisanaje -allГ­ casi todos eran rubios, de piel y ojos claros-, pasara por mi lado musitando entre dientes, muy bajito, algo que me pareciГі un avemaria, apresurando el paso cual si fuese a reunirse con otros cuatro compaГ±eros, tambiГ©n insГіlitamente flacos y morenos, que caminaban algo mГЎs adelante.

Y entonces llegamos juntos, casi todos a la vez, los cuatro de delante, y el rezagado, y la joven de la toquilla y yo mismo, a la altura de los centinelas que estaban en el puente levadizo y la puerta. HabГ­a un cabo gordo de tez rojiza envuelto en una capa negra, y otro centinela con un bigote largo y rubio del que me acuerdo muy bien porque le dijo algo en flamenco, sin duda un piropo, a la joven de la toquilla, y luego se riГі muy fuerte. Y de pronto dejГі de reГ­rse porque el campesino flaco del avemarГ­a habГ­a sacado una daga del jubГіn y lo estaba degollando; y la sangre le saliГі de la garganta abierta con un chorro tan fuerte que manchГі mis alforjas, justo en el momento en que yo las abrГ­a y los otros cuatro, en cuyas manos tambiГ©n habГ­an aparecido dagas como relГЎmpagos, agarraban las pistolas bien cebadas que llevaba dentro. Entonces el cabo gordo abriГі la boca para gritar al arma; pero sГіlo hizo eso, abrirla, porque antes de que pronunciara una sГ­laba le apoyaron otra daga encima de la gorguera del coselete, rebanГЎndole el gaznate de oreja a oreja. Y para cuando cayГі al foso yo habГ­a dejado las alforjas y, con mi propia daga entre los dientes, trepaba como una ardilla por un montante del puente levadizo mientras la joven de la toquilla, que ya no llevaba la toquilla ni era una joven, sino que habГ­a vuelto a ser un mozo de mi edad que respondГ­a al nombre de Jaime Correas, subГ­a por el otro lado para, igual que yo, bloquear con cuГ±as de madera el mecanismo del puente levadizo, y cortar sus cuerdas y poleas.

Entonces Oudkerk madrugó como nunca en su historia, porque los cuatro de las pistolas, y el del avemaría, se desparramaron como demonios por el baluarte dando cuchilladas y pistoletazos a todo cuanto se movía. Y al mismo tiempo, cuando mi compañero y yo, inutilizado el puente, nos deslizábamos por las cadenas hacia abajo, de la orilla del dique brotó un clamor ronco: el grito de ciento cincuenta hombres que habían pasado la noche entre la niebla, metidos en el agua hasta la cintura, y que ahora salían de ella gritando «¡Santiago! ¡Santiago!… ¡España y Santiago!» y, resueltos a quitarse el frío con sangre y fuego, remontaban espada en mano el terraplén, corrían sobre el dique hasta el puente levadizo y la puerta, ocupaban el baluarte, y luego, para pavor de los holandeses que iban de un lado a otro como gansos enloquecidos, entraban en el pueblo degollando a mansalva.

Hoy, los libros de Historia hablan del asalto a Oudkerk como de una matanza, mencionan lafuria española de Amberes y toda esa parafernalia, y sostienen que aquel amanecer el tercio de Cartagena se comportó con singular crueldad. Y, bueno… A mí no me lo contó nadie, porque estaba allí. Desde luego, ese primer momento fue una carnicería sin cuartel. Pero ya dirán vuestras mercedes de qué otro modo toma uno por asalto, con ciento cincuenta hombres, un pueblo fortificado holandés cuya guarnición es de setecientos. Sólo el horror de un ataque inesperado y sin piedad podía quebrarles en un santiamén el espinazo a los herejes, así que a ello se aplicó nuestra gente con el rigor profesional de los viejos tercios. Las órdenes del maestre de campo don Pedro de la Daga habían sído matar mucho y bien al principio, para aterrar a los defensores y obligarlos a una pronta rendición, y no ocuparse del saqueo hasta que la conquista estuviese bien asegurada. Así que ahorro detalles. únicamente diré que todo era un va y viene de arcabuzazos, gritos y estocadas, y que ningún varón holandés mayor de quince o dieciséis años, de los que se toparon nuestros hombres en los primeros momentos del asalto, ya pelease, huyese o se rindiera, quedó vivo para contarlo.

Nuestro maestre de campo tenГ­a razГіn. El pГЎnico enemigo fue nuestro principal aliado, y no tuvimos muchas bajas. Diez o doce, a lo sumo, entre muertos y heridos. Lo que es, pardiez, poca cosa si se compara con los dos centenares de herejes que el pueblo enterrГі al dГ­a siguiente, y con el hecho de que Oudkerk cayГі muy lindamente en nuestras manos. La principal resistencia tuvo lugar en el Ayuntamiento, donde una veintena de ingleses pudo reagruparse con cierto orden. A los ingleses, que eran aliados de los rebeldes desde que el rey nuestro seГ±or habГ­a negado a su prГ­ncipe de Gales la mano de la infanta MarГ­a, nadie les habГ­a dado maldito cirio en aquel entierro; asГ­ que cuando los primeros espaГ±oles llegaron a la plaza de la villa, con la sangre chorreando por dagas, picas y espadas, y los ingleses los recibieron con una descarga de mosqueterГ­a desde el balcГіn del Ayuntamiento, los nuestros se lo tomaron muy a mal. De modo que arrimaron pГіlvora, estopa y brea, le dieron fuego al Ayuntamiento con los veinte ingleses dentro, y despuГ©s los arcabucearon y acuchillaron a medida que salГ­an, los que salieron.

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