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«El CapitГЎn Alatriste», Arturo PГ©rez-Reverte

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A los abuelos SebastiГЎn, Amelia, Pepe y Cala:

por la vida, los libros y la memoria.

  • Va de cuento: nos regГ­a
  • un capitГЎn que venГ­a
  • malherido, en el afГЎn
  • de su primera agonГ­a.
  • ВЎSeГ±ores, quГ© capitГЎn
  • el capitГЎn de aquel dГ­a!

E. Marquina

 

( En Flandes se ha puesto el sol )

I. LA TABERNA DEL TURCO

No era el hombre mГЎs honesto ni el mГЎs piadoso, pero era un hombre valiente. Se llamaba Diego Alatriste y Tenorio, y habГ­a luchado como soldado de los tercios viejos en las guerras de Flandes. Cuando lo conocГ­ malvivГ­a en Madrid, alquilГЎndose por cuatro maravedГ­es en trabajos de poco lustre, a menudo en calidad de espadachГ­n por cuenta de otros que no tenГ­an la destreza o los arrestos para solventar sus propias querellas. Ya saben: un marido cornudo por aquГ­, un pleito o una herencia dudosa por allГЎ, deudas de juego pagadas a medias y algunos etcГ©teras mГЎs. Ahora es fГЎcil criticar eso; pero en aquellos tiempos la capital de las EspaГ±as era un lugar donde la vida habГ­a que buscГЎrsela a salto de mata, en una esquina, entre el brillo de dos aceros. En todo esto Diego Alatriste se desempeГ±aba con holgura. TenГ­a mucha destreza a la hora de tirar de espada, y manejaba mejor, con el disimulo de la zurda, esa daga estrecha y larga llamada por algunos vizcaГ­na, con que los reГ±idores profesionales se ayudaban a menudo. Una de cal y otra de vizcaГ­na, solГ­a decirse. El adversario estaba ocupado largando y parando estocadas con fina esgrima, y de pronto le venia por abajo, a las tripas, una cuchillada corta como un relГЎmpago que no daba tiempo ni a pedir confesiГіn. SГ­. Ya he dicho a vuestras mercedes que eran aГ±os duros.

El capitГЎn Alatriste, por lo tanto, vivГ­a de su espada. Hasta donde yo alcanzo, lo de capitГЎn era mГЎs un apodo que un grado efectivo. El mote venГ­a de antiguo: cuando, desempeГ±ГЎndose de soldado en las guerras del Rey, tuvo que cruzar una noche con otros veintinueve compaГ±eros y un capitГЎn de verdad cierto rГ­o helado, imagГ­nense, viva EspaГ±a y todo eso, con la espada entre los dientes y en camisa para confundirse con la nieve, a fin de sorprender a un destacamento holandГ©s. Que era el enemigo de entonces porque pretendГ­an proclamarse independientes, y si te he visto no me acuerdo. El caso es que al final lo fueron, pero entre tanto los fastidiamos bien. Volviendo al capitГЎn, la idea era sostenerse allГ­, en la orilla de un rГ­o, o un dique, o lo que diablos fuera, hasta que al alba las tropas del Rey nuestro seГ±or lanzasen un ataque para reunirse con ellos. Total, que los herejes fueron debidamente acuchillados sin darles tiempo a decir esta boca es mГ­a. Estaban durmiendo como marmotas, y en Г©sas salieron del agua los nuestros con ganas de calentarse y se quitaron el frГ­o enviando herejes al infierno, o a donde vayan los malditos luteranos. Lo malo es que luego vino el alba, y se adentrГі la maГ±ana, y el otro ataque espaГ±ol no se produjo. Cosas, contaron despuГ©s, de celos entre maestres de campo y generales. Lo cierto es que los treinta y uno se quedaron allГ­ abandonados a su suerte, entre reniegos, por vidas de y votos a tal, rodeados de holandeses dispuestos a vengar el degГјello de sus camaradas. MГЎs perdidos que la Armada Invencible del buen Rey Don Felipe el Segundo. Fue un dГ­a largo y muy duro. Y para que se hagan idea vuestras mercedes, sГіlo dos espaГ±oles consiguieron regresar a la otra orilla cuando llegГі la noche. Diego Alatriste era uno de ellos, y como durante toda la jornada habГ­a mandado la tropa -al capitГЎn de verdad lo dejaron listo de papeles en la primera escaramuza, con dos palmos de acero saliГ©ndole por la espalda-, se le quedГі el mote, aunque no llegara a disfrutar ese empleo. CapitГЎn por un dГ­a, de una tropa sentenciada a muerte que se fue al carajo vendiendo cara su piel, uno tras otro, con el rГ­o a la espalda y blasfemando en buen castellano. Cosas de la guerra y la vorГЎgine. Cosas de EspaГ±a.

En fin. Mi padre fue el otro soldado espaГ±ol que regresГі aquella noche. Se llamaba Lope Balboa, era guipuzcoano y tambiГ©n era un hombre valiente. Dicen que Diego Alatriste y Г©l fueron muy buenos amigos, casi como hermanos; y debe de ser cierto porque despuГ©s, cuando a mi padre lo mataron de un tiro de arcabuz en un baluarte de JГјlich -por eso Diego VelГЎzquez no llegГі a sacarlo mГЎs tarde en el cuadro de la toma de Breda como a su amigo y tocayo Alatriste, que sГ­ estГЎ allГ­, tras el caballo-, le jurГі ocuparse de mГ­ cuando fuera mozo. Г‰sa es la razГіn de que, a punto de cumplir los trece aГ±os, mi madre metiera una camisa, unos calzones, un rosario y un mendrugo de pan en un hatillo, y me mandara a vivir con el capitГЎn, aprovechando el viaje de un primo suyo que venГ­a a Madrid. AsГ­ fue como entrГ© a servir, entre criado y paje, al amigo de mi padre.

Una confidencia: dudo mucho que, de haberlo conocido bien, la autora de mis dГ­as me hubiera enviado tan alegremente a su servicio. Pero supongo que el tГ­tulo de capitГЎn, aunque fuera apГіcrifo, le daba un barniz honorable al personaje. AdemГЎs, mi pobre madre no andaba bien de salud y tenГ­a otras dos hijas que alimentar. De ese modo se quitaba una boca de encima y me daba la oportunidad de buscar fortuna en la Corte. AsГ­ que me facturГі con su primo sin preocuparse de indagar mГЎs detalles, acompaГ±ado de una extensa carta, escrita por el cura de nuestro pueblo, en la que recordaba a Diego Alatriste sus compromisos y su amistad con el difunto. Recuerdo que cuando entrГ© a su servicio habГ­a transcurrido poco tiempo desde su regreso de Flandes, porque una herida fea que tenГ­a en un costado, recibida en Fleurus, aГєn estaba fresca y le causaba fuertes dolores; y yo, reciГ©n llegado, tГ­mido y asustadizo como un ratГіn, lo escuchaba por las noches, desde mi jergГіn, pasear arriba y abajo por su cuarto, incapaz de conciliar el sueГ±o. Y a veces le oГ­a canturrear en voz baja coplillas entrecortadas por los accesos de dolor, versos de Lope, una maldiciГіn o un comentario para sГ­ mismo en voz alta, entre resignado y casi divertido por la situaciГіn. Eso era muy propio del capitГЎn: encarar cada uno de sus males y desgracias como una especie de broma inevitable a la que un viejo conocido de perversas intenciones se divirtiera en someterlo de vez en cuando. QuizГЎ Г©sa era la causa de su peculiar sentido del humor ГЎspero, inmutable y desesperado.

Ha pasado muchГ­simo tiempo y me embrollo un poco con las fechas. Pero la historia que voy a contarles debiГі de ocurrir hacia el aГ±o mil seiscientos y veintitantos, poco mГЎs o menos. Es la aventura de los enmascarados y los dos ingleses, que dio no poco que hablar en la Corte, y en la que el capitГЎn no sГіlo estuvo a punto de dejar la piel remendada que habГ­a conseguido salvar de Flandes, del turco y de los corsarios berberiscos, sino que le costГі hacerse un par de enemigos que ya lo acosarГ­an durante el resto de su vida. Me refiero al secretario del Rey nuestro seГ±or, Luis de AlquГ©zar, y a su siniestro sicario italiano, aquel espadachГ­n callado y peligroso que se llamГі Gualterio Malatesta, tan acostumbrado a matar por la espalda que cuando por azar lo hacГ­a de frente se sumГ­a en profundas depresiones, imaginando que perdГ­a facultades. TambiГ©n fue el aГ±o en que yo me enamorГ© como un becerro y para siempre de AngГ©lica de AlquГ©zar, perversa y malvada como sГіlo puede serlo el Mal encarnado en una niГ±a rubia de once o doce aГ±os. Pero cada cosa la contaremos a su tiempo.

Me llamo ГЌГ±igo. Y mi nombre fue lo primero que pronunciГі el capitГЎn Alatriste la maГ±ana en que lo soltaron de la vieja cГЎrcel de Corte, donde habГ­a pasado tres semanas a expensas del Rey por impago de deudas. Lo de las expensas es un modo de hablar, pues tanto en Г©sa como en las otras prisiones de la Г©poca, los Гєnicos lujos -y en lujos incluiase la comida- eran los que cada cual podГ­a pagarse de su bolsa. Por fortuna, aunque al capitГЎn lo habГ­an puesto en galeras casi ayuno de dineros, contaba con no pocos amigos. AsГ­ que entre unos y otros lo fueron socorriendo durante su encierro, mГЎs llevadero merced a los potajes que Caridad la Lebrijana, la dueГ±a de la taberna del Turco, le enviaba conmigo de vez en cuando, y a algunos reales de a cuatro que le hacГ­an llegar sus compadres Don Francisco de Quevedo, Juan VicuГ±a y algГєn otro. En cuanto al resto, y me refiero a los percances propios de la prisiГіn, el capitГЎn sabГ­a guardarse como nadie. Notoria era en aquel tiempo la aficiГіn carcelaria a aligerar de bienes, ropas y hasta de calzado a los mismos compaГ±eros de infortunio. Pero Diego Alatriste era lo bastante conocido en Madrid; y quien no lo conocГ­a no tardaba en averiguar que era mГЎs saludable andГЎrsele con mucho tiento. SegГєn supe despuГ©s, lo primero que hizo al ingresar en el estaribel fue irse derecho al mГЎs peligroso jaque entre los reclusos y, tras saludarlo con mucha polГ­tica, ponerle en el gaznate una cuchilla corta de matarife, que habГ­a podido conservar merced a la entrega de unos maravedГ­es al carcelero. Eso fue mano de santo. Tras aquella inequГ­voca declaraciГіn de principios nadie se atreviГі a molestar al capitГЎn, que en adelante pudo dormir tranquilo envuelto en su capa en un rincГіn mГЎs o menos limpio del establecimiento, protegido por su fama de hombre de hГ­gados.

DespuГ©s, el generoso reparto de los potajes de la Lebrijana y las botellas de vino compradas al alcaide con el socorro de los amigos aseguraron sГіlidas lealtades en el recinto, incluida la del rufiГЎn del primer dГ­a, un cordobГ©s que tenГ­a por mal nombre Bartolo Cagafuego, quien a pesar de andar en jГЎcaras como habitual de llamarse a iglesia y frecuentar galeras, no resultГі nada rencoroso. Era Г©sa una de las virtudes de Diego Alatriste: podГ­a hacer amigos hasta en el infierno.

Parece mentira. No recuerdo bien el aГ±o -era el veintidГіs o el veintitrГ©s del siglo-, pero de lo que estoy seguro es de que el capitГЎn saliГі de la cГЎrcel una de esas maГ±anas azules y luminosas de Madrid, con un frГ­o que cortaba el aliento. Desde aquel dГ­a que -ambos todavГ­a lo ignorГЎbamos- tanto iba a cambiar nuestras vidas, ha pasado mucho tiempo y mucha agua bajo los puentes del Manzanares; pero todavГ­a me parece ver a Diego Alatriste flaco y sin afeitar, parado en el umbral con el portГіn de madera negra claveteada cerrГЎndose a su espalda. Recuerdo perfectamente su parpadeo ante la claridad cegadora de la calle, con aquel espeso bigote que le ocultaba el labio superior, su delgada silueta envuelta en la capa, y el sombrero de ala ancha bajo cuya sombra entornaba los ojos claros, deslumbrados, que parecieron sonreГ­r al divisarme sentado en un poyete de la plaza. HabГ­a algo singular en la mirada del capitГЎn: por una parte era muy clara y muy frГ­a, glauca como el agua de los charcos en las maГ±anas de invierno. Por otra, podГ­a quebrarse de pronto en una sonrisa cГЎlida y acogedora, como un golpe de calor fundiendo una placa de hielo, mientras el rostro permanecГ­a serio, inexpresivo o grave. PoseГ­a, aparte de Г©sa, otra sonrisa mГЎs inquietante que reservaba para los momentos de peligro o de tristeza: una mueca bajo el mostacho que torcГ­a Г©ste ligeramente hacia la comisura izquierda y siempre resultaba amenazadora como una estocada -que solГ­a venir acto seguido-, o fГєnebre como un presagio cuando acudГ­a al hilo de varias botellas de vino, de esas que el capitГЎn solГ­a despachar a solas en sus dГ­as de silencio. Azumbre y medio sin respirar, y aquel gesto para secarse el mostacho con el dorso de la mano, la mirada perdida en la pared de enfrente. Botellas para matar a los fantasmas, solГ­a decir Г©l, aunque nunca lograba matarlos del todo.

La sonrisa que me dirigiГі aquella maГ±ana, al encontrarme esperГЎndolo, pertenecГ­a a la primera clase: la que le iluminaba los ojos desmintiendo la imperturbable gravedad del rostro y la aspereza que a menudo se esforzaba en dar a sus palabras, aunque estuviese lejos de sentirla en realidad. MirГі a un lado y otro de la calle, pareciГі satisfecho al no encontrar acechando a ningГєn nuevo acreedor, vino hasta mГ­, se quitГі la capa a pesar del frГ­o y me la arrojГі, hecha un gurruГ±o.

– Íñigo -dijo-. Hiérvela. Está llena de chinches.

La capa apestaba, como Г©l mismo. TambiГ©n su ropa tenГ­a bichos como para merendarse la oreja de un toro; pero todo eso quedГі resuelto menos de una hora mГЎs tarde, en la casa de baГ±os de Mendo el Toscano, un barbero que habГ­a sido soldado en NГЎpoles cuando mozo, tenГ­a en mucho aprecio a Diego Alatriste y le fiaba. Al acudir con una muda y el otro Гєnico traje que el capitГЎn conservaba en el armario carcomido que nos servГ­a de guardarropa, lo encontrГ© de pie en una tina de madera llena de agua sucia, secГЎndose. El Toscano le habГ­a rapado bien la barba, y el pelo castaГ±o, corto, hГєmedo y peinado hacia atrГЎs, partido en dos por una raya en el centro, dejaba al descubierto una frente amplia, tostada por el sol del patio de la prisiГіn, con una pequeГ±a cicatriz que bajaba sobre la ceja izquierda. Mientras terminaba de secarse y se ponГ­a el calzГіn y la camisa observГ© las otras cicatrices que ya conocГ­a. Una en forma de media luna, entre el ombligo y la tetilla derecha. Otra larga, en un muslo, como un zigzag. Ambas eran de arma blanca, espada o daga; a diferencia de una cuarta en la espalda, que tenГ­a la inconfundible forma de estrella que deja un balazo. La quinta era la mГЎs reciente, aГєn no curada del todo, la misma que le impedГ­a dormir bien por las noches: un tajo violГЎceo de casi un palmo en el costado izquierdo, recuerdo de la batalla de Fleurus, viejo de mГЎs de un aГ±o, que a veces se abrГ­a un poco y supuraba; aunque ese dГ­a, cuando su propietario saliГі de la tina, no tenГ­a mal aspecto.

Lo asistГ­ mientras se vestГ­a despacio, con descuido, el jubГіn gris oscuro y los calzones del mismo color, que eran de los llamados valones, cerrados en las rodillas sobre los borceguГ­es que disimulaban los zurcidos de las medias. Se ciГ±Гі despuГ©s el cinto de cuero que yo habГ­a engrasado cuidadosamente durante su ausencia, e introdujo en Г©l la espada de grandes gavilanes cuya hoja y cazoleta mostraban las huellas, mellas y araГ±azos de otros dГ­as y otros aceros. Era una espada buena, larga, amenazadora y toledana, que entraba y salГ­a de la vaina con un siseo metГЎlico interminable, que ponГ­a la piel de gallina. DespuГ©s contemplГі un instante su aspecto en un maltrecho espejo de medio cuerpo que habГ­a en el cuarto, y esbozГі la sonrisa fatigada:

– Voto a Dios -dijo entre dientes- que tengo sed.


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