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«El caballero del jubГіn amarillo», Arturo PГ©rez-Reverte

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El caso es que vino, como decГ­a, el capitГЎn Alatriste hasta nosotros, que le habГ­amos estado reservando asiento hasta que uno del pГєblico exigiГі ocuparlo; y don Francisco de Quevedo, eludiendo reГ±ir, no por pusilГЎnime sino por reparo del lugar y la circunstancia, dejГі estar al importuno advirtiГ©ndole, sin embargo, que el sitio estaba alquilado y que en llegando el titular deberГ­a ahuecar el ala. El displicente В«a fe que ya veremosВ» con que respondiГі el otro, acomodГЎndose, se tornГі ahora expresiГіn de receloso respeto cuando el capitГЎn apareciГі en las gradas, don Francisco se encogiГі de hombros seГ±alando el asiento ocupado, y mi amo clavГі al intruso los dos cГ­rculos de escarcha glauca de sus pupilas. La mirada del individuo, un menestral adinerado -arrendador de los pozos de nieve de Fuencarral, creГ­ entender luego- a quien la espada colgante de su pretina le cuadraba lo que a un Cristo un arcabuz, fue de los ojos helados del capitГЎn al mostacho de soldado viejo, y luego a la cazoleta de la toledana, toda llena de mellas y marcas, y a la vizcaГ­na cuya empuГ±adura asomaba detrГЎs de la cadera. DespuГ©s, sin decir palabra y mudo como una almeja, tragГі saliva y, pretextando solicitar un vaso de aguamiel a un alojero, se hizo a un lado, ganГЎndole medio espacio a otro vecino, y dejГі a mi amo la totalidad del asiento libre.

– Creí que no llegabais -comentó don Francisco de Quevedo.

– Tuve un tropiezo -repuso el capitán, acomodando la espada al sentarse.

OlГ­a a sudor y a metal, como en tiempo de guerra. Don Francisco reparГі en la manga manchada del jubГіn.

– ¿La sangre es vuestra? -preguntó solícito, enarcando las cejas tras los lentes.

– No.

AsintiГі grave el poeta, mirГі a otra parte y no dijo nada. Como Г©l mismo habГ­a sostenido alguna vez, la amistad se nutre de rondas de vino, estocadas hombro con hombro y silencios oportunos. Yo tambiГ©n observaba a mi amo, preocupado, y Г©ste me dirigiГі un vistazo tranquilizador, esbozando un apunte de sonrisa distraГ­da bajo el mostacho.

– ¿Todo en orden, Iñigo?

– Todo en orden, capitán. ¿Qué tal estuvo el entremés?

– Fue bueno. Daca el coche, se llamaba. De Quiñones de Benavente, y reímos hasta llorar.

No hubo mГЎs parla, porque en ese momento callaban las guitarras. Sisearon destemplados los mosqueteros en la trasera del patio, reclamando silencio con los malos modos de costumbre, palabras gruesas y talante poco sufrido. Aletearon los abanicos en las cazuelas alta y baja, dejaron las mujeres de hacer seГ±as a los hombres y viceversa, retirГЎronse limeros y alojeros con sus cestos y damajuanas, y tras las celosГ­as de los aposentos la gente de calidad ocupГі de nuevo sus escabeles. Vi arriba al conde de Guadalmedina en uno de los mejores sitios, en compaГ±Г­a de unos amigos y unas damas -pagaba por disponer del lugar en comedias nuevas la sangrГ­a de dos mil reales al aГ±o- y en otra ventana contigua, a don Gaspar de GuzmГЎn, conde-duque de Olivares, acompaГ±ado de su familia. Se echaba de menos al rey nuestro seГ±or, pues el cuarto Felipe era muy aficionado y a veces acudГ­a, al descubierto o de incГіgnito; pero estaba cansado de la reciente jornada de AragГіn y CataluГ±a, viaje fatigoso donde, por cierto, don Francisco de Quevedo, cuya estrella seguГ­a ascendente en la Corte, habГ­a formado parte del sГ©quito, como ocurriera en AndalucГ­a. Sin duda el poeta habrГ­a podido ocupar cualquier lugar como invitado en los aposentos superiores; pero era hombre dado a mezclarse con el pueblo, preferГ­a el ambiente vivo de la parte baja del corral, y ademГЎs le gustaba ir a la Cruz o al PrГ­ncipe con su amigo Diego Alatriste. Que soldado y espadachГ­n como era, amГ©n de parco en palabras, resultaba hombre razonablemente instruido, habГ­a leГ­do buenos libros y visto mucho teatro; y aunque no se las diera de tal y reservase casi todo juicio para sГ­, tenГ­a buen golpe de vista para las virtudes de una comedia sin dejarse arrastrar por los efectos fГЎciles que ciertos autores extremaban para ganarse el favor del vulgo. Tal no era el caso de los grandes como Lope, Tirso o CalderГіn; incluso cuando Г©stos recurrГ­an a la destreza del oficio, su ingenio marcaba la diferencia, yendo no poco trecho de los recursos nobles de unos a los trucos innobles de otros. El mismo Lope pisaba ese terreno mejor que nadie.

  • Y cuando he de escribir una comedia
  • encierro los preceptos con seis llaves;
  • saco a Terencio y Plauto de mi estudio,
  • para que voces no me den, que suele
  • dar gritos la verdad en libros mudos.

Lo que, por cierto, no debe entenderse como mea culpa del FГ©nix de los Ingenios por emplear recursos de mala ley, sino como explicaciГіn de no acomodarse al gusto de los doctos academicistas neoaristotГ©licos, que censuraban sus triunfales comedias pero hubieran dado un brazo por firmarlas y, sobre todo, por cobrarlas. En cualquier caso, aquella tarde no se trataba de Lope, sino de Tirso; pero el resultado era parejo. La obra, de las llamadas de capa y espada, venГ­a compuesta con hermosos versos, manejando, aparte amor e intriga, conceptos de adecuada hondura como el engaГ±o y espejismo de Madrid, lugar de falsedad donde acude el soldado valiente a pretender el premio a su valor, y del que siempre acaba defraudado; aparte de criticar el desdГ©n al trabajo y el afГЎn de lujo por encima de la propia clase: inclinaciГіn esa tambiГ©n muy espaГ±ola, por cierto, que ya nos habГ­a arrastrado al abismo varias veces y persistirГ­a en los aГ±os venideros, empeorando la enfermedad moral que destruyГі el imperio de dos mundos, herencia de hombres duros, arrogantes y valerosos, salidos de ocho siglos de degollar moros sin nada que perder y con todo por ganar. Una EspaГ±a donde en el aГ±o de mil seiscientos y veintisГ©is, cuando ocurriГі lo que ahora cuento, aГєn no se ponГ­a el sol, pero estaba a punto. Que diecisiete aГ±os despuГ©s, alfГ©rez en Rocroi, sosteniendo en alto los jirones de una bandera bajo la metralla de los caГ±ones franceses, yo mismo serГ­a testigo del triste ocaso de la antigua gloria, en el centro del Гєltimo cuadro formado por nuestra pobre y fiel infanterГ­a.

В«Contad los muertosВ», dije luego al oficial enemigo que preguntaba cuГЎntos Г©ramos en el viejo tercio aniquilado-, cuando cerrГ© para siempre los ojos del capitГЎn Alatriste.

Pero cada cosa la dirГ© a su tiempo. Vayamos ahora al corral de la Cruz y a aquella tarde de comedia nueva en Madrid. Lo cierto es que la reanudaciГіn de la obra de Tirso suscitaba en unos y otros toda esa expectaciГіn que antes describГ­. Desde nuestra grada, el capitГЎn, don Francisco y yo mirГЎbamos el tablado donde empezaba la segunda jornada de la comedia: Petronila y Tomasa salГ­an de nuevo a escena, dejando a la imaginaciГіn de los espectadores la belleza del jardГ­n, apenas insinuada por una celosГ­a con hojas de hiedra en una puerta del escenario. Por el rabillo del ojo vi cГіmo el capitГЎn se inclinaba hasta apoyar los brazos en el antepecho, recortado el perfil aguileГ±o por un rayo de sol que se filtraba por un roto del toldo extendido para que no se deslumbrara el pГєblico, pues el corral estaba orientado hacia el sol de la tarde y cuesta arriba. Las dos representantes seguГ­an muy gallardas en sus trajes de hombre, variedad esta que ni las presiones de la InquisiciГіn ni las premГЎticas reales conseguГ­an desterrar del teatro, al ser muy del agrado de la gente. De igual manera, cuando el fariseГ­smo de algunos consejeros de Castilla azuzados por clГ©rigos fanГЎticos pretendiГі abolir las comedias en EspaГ±a, el intento fue desbaratado por el vulgo mismo, reacio a quГ© le arrebataran su gusto, argumentГЎndose ademГЎs, con razГіn, que parte de los ingresos de cada comedia se destinaba al sostenimiento de cofradГ­as piadosas y hospitales.

Volviendo al corral de la Cruz y lo de Tirso, salieron, como digo, las dos mujeres vestidas de hombre, aplaudieron cerrado patio, gradas, cazuela y aposentos, y cuando MarГ­a de Castro, en su papel de Petronila, dijo lo de:

  • Por muerta, Bargas, me cuenta.
  • No tengo seso, no estoy…

… los mosqueteros, como ya mencioné gente descontentadiza, mostraron signos de aprobación, aupándose en la punta de los pies para ver mejor, y las mujeres dejaron de masticar avellanas, limas y ciruelas en la cazuela. María de Castro era la más linda y famosa representante de su época; en ella como en ninguna otra se hacía carne esa magnífica y extraña realidad humana que fue nuestro teatro, oscilante siempre entre el espejo -a veces satírico y deformante- de la vida cotidiana, de una parte, y la hermosura de los más aventurados sueños, de la otra. La Castro era hembra briosa, de buenas partes y mejor cara: ojos rasgados y negros, dientes blancos como su tez, hermosa y proporcionada boca. Las mujeres envidiaban su belleza, sus vestidos y su forma de decir el verso. Los hombres la admiraban en escena y la codiciaban fuera de ella; asunto este al que no oponía reparos su marido, Rafael de Cózar, gloria de la escena española, comediante famosísimo de quien tendré ocasión de hablar en detalle más adelante, limitándome a avanzar por el momento que, aparte su talento teatral -los personajes de barba y caballero gracioso, criado pícaro o alcalde sayagués, que interpretaba con mucho donaire y desparpajo, eran adorados por el público-, Cózar no tenía reparos en facilitar, previo pago de su importe, acceso discreto a los encantos de las cuatro o cinco mujeres de su compañía; que por supuesto eran todas casadas, o al menos pasaban como tales para cumplir con las premáticas en vigor desde los tiempos del gran Felipe II. Pues sería pecado de egoísmo y faltar a la caridad, virtud teologal -decía Cózar con simpática desvergüenza-, no compartir el arte con quien alcanza a pagarlo. Y en tales lances, aunque reservada como bocado exquisito, su legítima María de Castro -tiempo después se supo que no estaban de verdad casados y todo era flor para encubrir las cosas-, aragonesa y bellísima, con cabellos castaños y dulce metal de voz, resultaba una mina más rentable que las del Inca. De manera, para resumir, que en pocos como en el despejado Cózar se cumplía aquel guiño lopesco de:

  • La honra del casado es fortaleza
  • donde estГЎ por alcaide el enemigo.

Pero seamos justos, que ademГЎs conviene a la presente historia. Lo cierto es que a veces la Castro tenГ­a ideas y gustos menos venales, y no siempre era una alhaja lo que hacГ­a chispear sus hermosos ojos. Uno para el gusto, decГ­a el refrГЎn; otro para el gasto, y otro para llevar los cuernos al Rastro. En lo que toca al gusto, y a fin de situar a vuestras mercedes, dirГ© que MarГ­a de Castro y Diego Alatriste no eran desconocidos uno para el otro -la regaГ±ina de aquel domingo con Caridad la Lebrijana y el malhumor del capitГЎn tampoco resultaban ajenos al negocio-, y que esa tarde en el corral de la Cruz, mientras avanzaba la jornada segunda, el capitГЎn dirigГ­a muy fijas miradas a la comedianta mientras yo alternaba las mГ­as entre ella y Г©l. Preocupado por mi amo, de una parte, y apesadumbrado por la Lebrijana, a la que querГ­a mucho. TambiГ©n fascinado hasta la mГ©dula, en lo que a mГ­ se refiere, reavivГЎndose la impresiГіn que ya me habГ­a producido la Castro tres o cuatro aГ±os atrГЎs, la primera vez que presenciГ© una comedia, El arenal de Sevilla, interpretada por ella en el corral del PrГ­ncipe, el dГ­a notable en que todos, incluido Carlos de Gales y el entonces marquГ©s de Buckingham, anduvieron a cuchilladas en presencia del mismГ­simo Felipe IV Porque si la hermosa representante no me parecГ­a, en rigor, la mujer mГЎs bella de la tierra -Г©sa era otra que conocen vuestras mercedes, con los ojos azules del diablo-, contemplarla en escena me turbaba como a cualquier varГіn. Aun asГ­ estaba lejos de imaginar hasta quГ© punto MarГ­a de Castro iba a complicar mi vida y la de mi amo, poniГ©ndonos a ambos en gravГ­simo peligro; por no hablar de la corona del rey nuestro seГ±or, que esos dГ­as anduvo literalmente al filo de una espada. Todo lo cual me propongo contar en esta nueva aventura, probando asГ­ que no hay locura a la que el hombre no llegue, abismo al que no se asome, y lance que el diablo no aproveche cuando hay mujer hermosa de por medio.

 

Entre la segunda y tercera jornadas hubo jГЎcara, muy exigida a voces por los mosqueteros, que fue DoГ±a Isabel la ladrona, canciГіn famosa dicha en lenguaje de germanГ­a, que una representante madura y todavГ­a apetecible, llamada Jacinta Rueda, nos regalГі con mucho donaire. No pude disfrutarla, sin embargo, porque apenas empezada vino a las gradas un tramoyista con el recado de que al seГ±or Diego Alatriste se le aguardaba en el vestuario. Cambiaron una mirada el capitГЎn y don Francisco de Quevedo, y mientras mi amo se ponГ­a en pie y acomodaba la espada al costado izquierdo, el poeta moviГі desaprobador la cabeza y dijo:


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