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«La Aventura De Un FotГіgrafo En La Plata», Adolfo Casares

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DescubriГі un pecho notablemente redondo y rosado y se puso a alimentar al hijo.

II

AcompaГ±Гі a sus nuevos amigos hasta la pensiГіn, que segГєn se enterГі despuГ©s quedaba en 2 y 54, y les llevГі el numeroso equipaje a la pieza, en el piso alto, para lo que debiГі subir y bajar varias veces la escalera. En ese ir y venir no se cansГі de admirar unos vitrales, con figuras de colores vivos. PresintiГі que la otra pensiГіn, donde le habГ­a reservado una pieza el amigo Mascardi, no le iba a gustar tanto. Lo que en Г©sta menos le gustaba era un olor, tal vez a cocina o a despensa, no sabГ­a a quГ©, ni fuerte ni muy repulsivo, que parecГ­a estar en toda la casa.

Aunque los Lombardo porfiaban en retenerlo, se despidiГі porque se le hacГ­a tarde. Mientras lo acompaГ±aban hasta la puerta, las mujeres le dijeron que no fuera ingrato, que las visitara pronto. RetumbГі entonces un grito desgarrador. DespuГ©s de un corto silencio oyeron la voz de don Juan, que entre quejidos llamaba a sus hijas. Griselda corriГі escaleras arriba. Antes de seguirla, Julia dijo:

– Todavía no se vaya. No nos deje en este momento.

Almanza conversГі con la patrona y con algГєn pensionista. Se preguntaban quГ© pasaba. Al rato volviГі Griselda, muy nerviosa.

– Hay que llamar a un médico -dijo-. Mi padre está mal.

La patrona preguntГі:

– ¿Médico? Yo me manejo con el Centro Médico. Si quiere, llamo. Vienen en seguida.

– Llame, llame.

La conversaciГіn telefГіnica de la patrona fue continuamente interrumpida por Griselda, que indicaba:

– Repita que está mal. Que tuvo un vómito de sangre. Que hay que hacerle una transfusión.

Se fue Griselda, llegГі Julia y preguntГі:

– ¿Queda lejos el Centro Médico?

La patrona dijo:

– A la vuelta, a unas cuadras de aquí. Vienen en seguida.

– Voy allá.

– Voy yo -dijo Almanza.

– ¿No se perderá?

– No, si me dan las señas.

– Es fácil -aseguró la patrona-. Seis cuadras a la derecha, una a la izquierda, otra a la derecha. No puede perderse.

Sin pensar mГЎs, Almanza corriГі a la calle. Contaba en voz alta las cuadras. Al cabo de la octava se encontrГі con una ambulancia que salГ­a de un caserГіn. LevantГі una mano, para detenerla y preguntГі si iban a 54 y 2. Le dijeron que sГ­.

– Venía a buscarlos -dijo-. ¿Me llevan?

En la ambulancia habГ­a dos hombres. El que manejaba, vestido de enfermero, y el acompaГ±ante, de ropa casi igual, que debГ­a de ser el mГ©dico. Cuando estaban por llegar, el mГ©dico le preguntГі:

– ¿Hepatitis? ¿Alguna enfermedad infecciosa, que recuerde? ¿Secretas?

– El enfermo es otro. Un señor mayor, don Juan Lombardo. Un amigo.

– Lo que pregunto es si usted tuvo hepatitis. ¿Infecciosas? ¿Secretas?

– ¿Yo? Ni por casualidad.

Ya en la escalera de la pensiГіn, el mГ©dico le dijo:

– Usted no se me vaya.

Almanza le señaló la habitación de los Lombardo. Diciendo “Permiso, permiso” para apartar a los pensionistas, el médico entró y cerró. Como la espera se alargaba, Almanza empezó a desear que la puerta se abriera, que Julia se asomara y dijera que su padre estaba perfectamente. Tanta voluntad había puesto en el deseo, que al abrirse la puerta pensó que era por obra suya. Quien apareció no fue Julia, sino el médico, que salió diciendo como para él mismo:

– Perfecto, perfecto. -De pronto fijó los ojos en Almanza y le dijo: -Estaba pensando en usted.

Con satisfacciГіn notГі que le daban importancia. PreguntГі:

– ¿Puedo ayudar?

– Puede.

– ¿Qué debo hacer?

– Se arremanga un bracito.

ObedeciГі.

– ¿Y ahora?

– Le doy un pinchacito.

El mГ©dico puso en una placa de vidrio un poco de sangre que habГ­a sacado.

– ¿Ya está? -preguntó Almanza.

– Hoy es mi día de suerte. ¡El mismo grupo! ¿Se da cuenta?

– La verdad que no, doctor.

– Los dos tienen el mismo grupo: A, positivo. La sangre más común y silvestre que se puede pedir. Por favor, venga para acá, en seguidita.

– ¿Dónde?

No podГ­a creer que lo llevaran a la pieza del enfermo. El mГ©dico le decГ­a por lo bajo:

– ¿Está del todo seguro que nunca se pescó unas lindas purgaciones? Entiéndame bien: no es el momento de andar con tapujos. Por amor propio o por simple vergüenza no le haga al pobre viejo semejante regalito.

A esa altura de la conversaciГіn habГ­a comprendido de quГ© se trataba. Nunca habГ­a dado sangre, pero tenГ­a conocidos que lo hicieron, sin que se les notara despuГ©s el menor perjuicio; de modo que no se preocupГі. La parte mГЎs fea de aquella transfusiГіn fue el hedor de la pieza, bastante raro, y el aspecto del viejo, con ojeras francamente marrones, pГЎlido como difunto. El viejo se las arreglГі para sonreГ­r y comentar:

– Yo sabía que Almanza no iba a fallarnos.

III

PareciГі entonces que la culminaciГіn del suceso hubiera sido la reacciГіn favorable de don Juan y la suculenta merienda que le sirvieron a Almanza en el cafГ© contiguo. Las hermanas Lombardo insistieron en acompaГ±arlo, porque no querГ­an que pasase por alto este segundo desayuno. Explicaron:


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