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«Dormir al sol», Adolfo Casares

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PRIMERA PARTE

 

POR LUCIO BORDENAVE

I

Con Г©sta van tres veces que le escribo. Por si no me dejan concluir, puse la primera esquelita en un sitio que yo sГ©. El dГ­a de maГ±ana, si quiero, puedo recogerla. Es tan corta y la escribГ­ con tanto apuro que ni yo mismo la entiendo. La segunda, que no es mucho mejor, se la mandГ© con una mensajera, de nombre Paula. Como usted no dio seГ±ales de vida, no voy a insistir con mГЎs cartas inГєtiles, que a lo mejor lo ponen en contra. Voy a contarle mi historia desde el principio y tratarГ© de ser claro, porque necesito que usted me entienda y me crea. La falta de tranquilidad es la causa de las tachaduras. A cada rato me levanto y arrimo la oreja a la puerta.

A lo mejor usted se pregunta: "ВїPor quГ© Bordenave no manda su cartapacio a un abogado?". Al doctor Rivaroli yo lo tratГ© una sola vez, pero al gordo Picardo (ВЎa quiГ©n se lo digo!) lo conozco de siempre. No me parece de fiar un abogado que para levantar quinielas y redoblonas tiene de personero al Gordo. O a lo mejor usted se pregunta: "ВїPor quГ© me manda a mГ­ el cartapacio?" Si alega que no somos amigos le doy la razГіn, pero tambiГ©n le ruego que se ponga en mi lugar, por favor, y que me diga a quiГ©n podrГ­a mandarlo. DespuГ©s de repasar mentalmente a los amigos, descartado Aldini, porque el reumatismo lo entumece elegГ­ al que nunca lo fue. La vieja Ceferina pontifica: "Los que vivimos en un pasaje tenemos la casa en una casa mГЎs grande". Con eso quiero decir que todos nos conocemos. A lo mejor ni se acuerda de cГіmo empezГі el altercado.

El pavimento, que llegГі en el 51 o en el 52, haga de cuenta que volteГі un cerco y que abriГі nuestro pasaje a la gente de afuera. Es notable cГіmo tardamos en convencernos del cambio. Usted mismo, un domingo a la oraciГіn, con la mayor tranquilidad festejaba las monerГ­as que hacГ­a en bicicleta, como si estuviera en el patio de su casa, la hija del almacenero, y se enojГі conmigo porque le gritГ© a la criatura. No lo culpo si fue mГЎs rГЎpido en enojarse y en insultar que en ver el automГіvil que por poco la atropella. Yo me quedГ© mirГЎndolo como un sonso, a la espera de una explicaciГіn. QuizГЎs a usted le faltГі ГЎnimo para atajarme y explicar o quizГЎ pensГі que lo mГЎs razonable para nosotros fuera resignarnos a una desavenencia tantas veces renovada que ya se confundГ­a con el destino. Porque en realidad la cuestiГіn por la hija del almacenero no fue la primera. LloviГі sobre mojado.

Desde chico, usted y toda la barra, cuando se acordaban, me perseguГ­an. El Gordo Picardo, el mayor del grupo (si no lo incluimos al rengo Aldini, que oficiaba de bastonero y mГЎs de un domingo nos llevГі a la tribuna de Atlanta) una tarde, cuando yo volvГ­a del casamiento de mi tГ­o Miguel, me vio de corbata y para arreglarme el moГ±o casi me asfixia. Otra vez usted me llamГі engreГ­do. Lo perdonГ© porque atinГ© a pensar que me ofendГ­a tan sГіlo para conformar a los otros y a sabiendas de que estaba calumniando. AГ±os despuГ©s, un doctor que atendГ­a a mi seГ±ora, me explicГі que usted y la barra no me perdonaban el chalet con jardГ­n de granza colorada ni la vieja Ceferina, que me cuidaba como una niГ±era y me defendГ­a de Picardo. Explicaciones tan complicadas no convencen.

QuizГЎ la mГЎs rara consecuencia del altercado por la hija del almacenero fue la idea que me hice por entonces y de la que muy pronto me convencГ­, de que usted y yo habГ­amos alcanzado un acuerdo para mantener lo que llamГ© el distanciamiento entre nosotros.

Estoy llegando ahora al dГ­a de mi casamiento con Diana. Me pregunto quГ© pensГі usted al recibir la invitaciГіn. Tal vez creyГі ver una maniobra para romper ese acuerdo de caballeros. Mi intenciГіn era, por el contrario, la de manifestar el mayor respeto y consideraciГіn por nuestro mal entendido.

Hace tiempo, una tarde, en la puerta de casa, yo conversaba con Ceferina que baldeaba la vereda. Recuerdo perfectamente que usted pasГі por el centro del pasaje y ni siquiera nos mirГі.

– ¿Van a seguir con la pelea hasta el día del juicio? -preguntó Ceferina, con esa voz que le retumba en el paladar.

– Es el destino.

– Es el pasaje -contestó y sus palabras no se han borrado de mi mente-. Un pasaje es un barrio dentro del barrio. En nuestra soledad el barrio nos acompaña, pero da ocasión a encontronazos que provocan, o reviven, odios.

Me atrevГ­ a corregirle la plana.

– No tanto como odios -le dije-. Desavenencias.

DoГ±a Ceferina es una parienta, por el lado de los Orellana, que bajГі de las provincias en tiempos de mis padres; cuando mi madre faltГі, ya no se apartГі de nosotros, fue ama, niГ±era, el verdadero pilar de nuestra casa. En el barrio la apodan el Cacique. Lo que no saben es que esta seГ±ora, para no ser menos que muchos que la desprecian, leyГі todos los libros del quiosco del Parque Saavedra y casi todos los de la escuelita Basilio del Parque Chas, que le queda mГЎs cerca.

II

SГ© que algunos dijeron que no tuve suerte en el matrimonio. MГЎs vale que la gente de afuera no opine sobre asuntos reservados, porque en general se equivoca. Pero explГ­queles al barrio y a la familia que son de afuera.

El carГЎcter de mi seГ±ora es mГЎs bien difГ­cil. Diana no perdona ningГєn olvido, ni siquiera lo entiende, y si caigo a casa con un regalo extraordinario me pregunta: "ВїPara hacerte perdonar quГ©?". Es enteramente cavilosa y desconfiada. Cualquier buena noticia la entristece, porque da en suponer que para compensarla vendrГЎ una mala. Tampoco le voy a negar que en mГЎs de una oportunidad nos disgustamos con mi seГ±ora y que una noche -me temo que todo el pasaje haya oГ­do el alboroto- con intenciГіn de irme en serio me larguГ© hasta los Incas, a esperar el colectivo, que por fortuna tardГі y me dio tiempo de recapacitar. Probablemente muchos matrimonios conocen parejas aflicciones. Es la vida moderna, la velocidad. SГ© decirle que a nosotros las amarguras y las diferencias no lograron separarnos.

Me admira cГіmo la gente aborrece la compasiГіn. Por la manera de hablar usted descuenta que son de fierro. Si la veo apenada por las cosas que hace cuando no es ella, siento verdadera compasiГіn por mi seГ±ora y, a la vez, mi seГ±ora me tiene lГЎstima cuando me amargo por su culpa. CrГ©ame, la gente se cree de fierro pero cuando le duele, afloja. En este punto Ceferina se parece a los demГЎs. Para ella, en la compasiГіn, hay Гєnicamente blandura y desprecio.

Ceferina, que me quiere como a un hijo, nunca aceptГі enteramente a mi seГ±ora. En un esfuerzo para comprender ese encono, lleguГ© a sospechar que Ceferina mostrarГ­a igual disposiciГіn con toda mujer que se me arrimara. Cuando le hice la reflexiГіn, Diana contestГі:

– Yo pago con la misma moneda.

A nadie quiere tanto la gente como a sus odios. Le confieso que en mГЎs de una oportunidad, entre esas dos mujeres de buen fondo, me sentГ­ abandonado y solitario. Menos mal que a mГ­ me quedaba siempre el refugio del taller de relojerГ­a.

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